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La idea del viaje surgió por última vez una noche de borrachera sentimental en Avellaneda. Digo por última vez porque en mi cabeza ya había surgido muchas otras veces, sin un itinerario fijo, aunque eso no revestía importancia mientras fuese sólo una idea. Desde siempre (no fue desde siempre pero de alguna manera fue para mí desde siempre, porque antes de que esos proyectos me empiecen a acorralar la existencia yo era otra persona y casi que esa vida me es ajena, con lo cual cuando digo desde siempre me refiero a desde que soy éste, el posterior, que vendría a significar lo mismo); desde siempre, decía, tuve esas aspiraciones ambiciosas en mi mente, planes que desde mi más tierna adolescencia tardía venía ideando sin éxito. En cada caso, me invadía un gran entusiasmo y sobre todo una terrible ansiedad, la cual lógicamente me hacía fracasar en todos los intentos. Pretendía realizarlos con la misma facilidad que suponía trasladar el dedo en el mapa, y ante las dificultades propias de encarar las cosas de éste modo terminaba por rendirme después de trascurrida una semana, hasta que un nuevo proyecto similar pero con otro destino me ocupaba nuevamente.

De esta manera pasé años haciendo viajes memorables. Estudié en España, recorrí Latinoamérica, y otros tantos lugares lejanos, todo eso sin moverme de Buenos Aires. La verdad es que si uno buscaba en esa época antihéroe en la enciclopedia, seguramente había una foto mía para facilitar la comprensión de la palabra. Hasta aquella noche en Avellaneda, ese fue el quiebre. Aturdiendo con mis penas a Eulalia hasta el hartazgo (el nombre de la copartícipe de esta historia ha sido reemplazado por uno radicalmente ficticio para preservar su identidad), logré que se comprometa a compartir conmigo un viaje de grandes proporciones. Cualquier cosa era mejor que seguir escuchando mis lamentos. Siempre pensé que tendría que haber aprovechado esa noche para hacer más peticiones.

Además de este fundamental hallazgo de complicidad, lo que permitió que esta aspiración pase a mayores en lugar de que siga engrosando los anales de los sueños truncos, fue el modo sensato y racional de encarar la cuestión. Debido a mi vasta experiencia en viajes frustrados, decidí esta vez hacer la prueba de seguir los consejos de allegados acerca de la importancia de la planificación a mediano plazo. De manera que logré en alguna medida neutralizar mi ansiedad y asumir una espera de seis interminables meses desde la teoría hasta la práctica.

 

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Empezamos el viaje el 4 de agosto, aunque a decir verdad esa fue sólo la fecha oficial y en rigor el viaje comenzó un día antes. Eso de oficializar una fecha fue idea mía, claro, y tuvo que ver con mi obsesión por las estadísticas a la hora de emprender un proyecto de este tipo. Me encapriché con empezar el conteo –un conteo que en definitiva no le interesa a nadie– de lugares, distancias y días desde San Salvador de Jujuy, como si hubiésemos llegado desde Buenos Aires hasta ahí por internet.

El 3 de agosto fue el día que empezamos entonces el viaje si contamos desde que salimos de la terminal de ómnibus de Retiro, qué más da. Nos habíamos propuesto llegar desde el norte del país hasta bien al sur, recorrerlo de arriba abajo en los 6 o 7 meses de que disponíamos para realizar nuestra aventura. Como verán, oficializar uno u otro día no cambiaba absolutamente nada, lo mismo que no oficializar ninguno.

Podría decirse que comenzamos en un punto medio, es decir, en el norte que marca el límite del territorio argentino pero que es un capricho fronterizo, tan sólo el comienzo de un norte mayúsculo e intrigante, lleno de vida y de muerte y de rincones infinitos que viajan por diferentes países que entre sí son más iguales que otra cosa, tan profundamente sudamericanos. En fin, era pleno invierno y decidimos empezar por el norte argentino para evitar la Patagonia nevada e intransitable y arribar allí recién con los calores reconfortantes del verano. Del modo inverso, si iniciábamos la aventura desde el sur (donde el límite es verdaderamente físico), hubiésemos caducado por principio de hipotermia tras la primera noche en carpa.

 

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La carpa resultaba enorme para nosotros dos. Era muy cómoda para estar dentro pero antes y después un bulto molesto y pesado que, luego de los primeros traslados, pensamos mitad en serio abandonar previo destrozo total para que nadie tenga que padecer los sufrimientos que implicaba.

No obstante estos  fastidios que solía provocarnos, a medida que transcurrió el viaje aprendimos a tomarle cariño. No es para menos, nos resguardó de la intemperie dos tercios de los doscientos días que duró toda la travesía sin que parezca importarle el costo que eso le traería. De a poco fueron apareciendo en ella daños irreversibles que se fueron acrecentando. Primero la rotura de un cierre, luego de otro; más tarde la puerta interior que no se podía cerrar, luego la del cubre-techo. Los inconvenientes se precipitaron con las últimas semanas del viaje: comenzaron a aparecer agujeros cada vez más grandes en las paredes y, ya en la agonía final, se quebró uno de los parantes. De modo que las últimas veces que la armamos lo hicimos como pudimos, atando sus ruinas con cinta hasta que en El Calafate, donde pasamos las últimas cuatro noches, decidimos ceder a la comodidad de una cama y le dimos a la carpa una justa y cristiana sepultura. Así fue como la Doite, fiel hasta el final, sacrificó su vida para protegernos.

El tercio restante de estos doscientos días lo pasamos bajo techo sólido (unas veces más sólido que otras). Esto ocurría periódicamente para permitirle un descanso a la carpa, pero en particular se dio mucho en el norte, por los precios accesibles de los alojamientos y por la escasez de zonas para acampar en una región en donde el invierno azota principalmente en la altura puneña. Hemos padecido temperaturas de hasta -20°C que eran capaces de congelar los hilos de agua que caían de las canillas mal cerradas e incluso algún que otro pequeño arroyo.

Los precios accesibles no sólo abarcaban lo referido al alojamiento sino a toda nuestra cotidianeidad, y por supuesto eran muy bien recibidos por nosotros. El problema es que fueron creciendo considerablemente a medida que descendíamos en el mapa, hasta llegar a duplicarse o triplicarse en el sur argentino. Teníamos la sensación de haber ingresado en otro país en donde se manejaba un tipo de cambio monetario diferente. Aun así, nos fuimos ingeniando para mantener cierto equilibrio en el gasto que nos permitiese hacer valer nuestro presupuesto hasta el final.

 

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El punto en dónde habíamos decidido coronar el viaje era el glaciar Perito Moreno, en el sur de la provincia de Santa Cruz. Al llegar a El Calafate, la ciudad más cercana al glaciar, llevábamos decenas de horas de traslado (en su mayoría en micro, aunque en ocasiones viajando a dedo), miles de kilómetros recorridos y casi un centenar de lugares visitados, siempre con nuestro hogar y nuestro ropero a cuestas, movilizándonos casi constantemente y debiendo tomar decisiones a diario. En estas condiciones fue inevitable acumular también a lo largo del viaje unas cuantas discusiones con Eulalia (único dato del cual olvidé llevar la estadística). Sin embargo, a estas discusiones les seguían otras tantas reconciliaciones. Nuestras mochilas estaban repletas de gente, paisajes y momentos imborrables que las hacían más ligeras. A pesar de todo el cansancio amontonado y de todas las dificultades que habíamos atravesado, teníamos en los últimos instantes del viaje la misma energía del primer día. La aventura llegaba a su fin por cuestiones geográficas, económicas y académicas, en la fecha prevista. Y más allá del lógico entusiasmo de volver a casa, había resto para seguir por mucho tiempo más (al menos de mi parte, tal vez Eulalia consideraba que ya me había padecido lo suficiente como para ganarse el acceso al paraíso a su temprana edad y sin importar si en adelante cometía los más infames pecados; en todo caso nunca me hizo saber nada semejante).

Después de doscientos días andando la argentina de norte a sur, gracias a un acertado regalo familiar nos subimos a un avión que en tan sólo dos horas nos depositaría nuevamente en la remota Buenos Aires. Era la primera vez que Eulalia viajaba en este tipo de transporte. Nos invadía la indescriptible satisfacción de haber logrado el objetivo y la nostalgia de tantos pedazos de inmensidad dejados atrás.

 

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Cada vez que quiero tomar unos mates en mi casa en Buenos Aires sólo tengo que poner a calentar el agua en la pava eléctrica regulable que se detiene automáticamente cuando ésta alcanza la temperatura adecuada. A pesar de la practicidad de este aparato, me suele dar vagancia prepararlos. En algunos puntos del viaje, tomar unos mates implicaba salir a buscar leña, prender el fuego, ir hasta el río o encontrar alguna canilla para cargar agua en el cacharro de metal y ubicarlo haciendo equilibrio sobre las ramas, vigilando que no se caiga y que no hierva el agua. Al sacarlo había que prestar atención para evitar quemarse y para evitar a su vez quemar el repasador, infortunios que igualmente sucedían de tanto en tanto. Recuerdo bien las ocasiones en las que realizaba este ritual tras despertarme en la carpa con el sol de la mañana mientras Eulalia seguía durmiendo. Llevaba a cabo esta tarea con particular placer y, por algún extraño motivo, aquellos mates fueron los más deliciosos que jamás preparé.

¿Por qué viajar si regresaremos al lugar donde partimos? Porque viajar es todo esto que es tan sólo una parte. Y porque el lugar donde partimos es la guarida donde se gestarán, no sé cómo ni sé con qué pretexto, los próximos viajes que nos queden de vida…

Daniel Domergue