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Flores en el aire  
     
 

Por ese entonces yo tenía la inmejorable edad de treinta años: redonda en número, de madurez en cúspide y con pinceladas de una adolescencia que, habiendo ya transitado el filtro tesis–antítesis–síntesis, conservaba sólo lo mejor de sí (como la vid cuidadosamente seleccionada para un vino de excelencia). Solía encontrarle un renovado sentido a las cosas: la reconciliación con bandas musicales que el hartazgo me había hecho olvidar, los beneficios de haber consumado mi etapa de alcoholismo, el comportamiento cauteloso y sabio en el otrora lúdico y dañino mundo del amor y el desengaño.

Habiendo, entonces, refrendado mi venida al mundo con aires trigésimos y con la férrea decisión de explotar al máximo la recuperación del tiempo perdido, ese número tres adelante, al que siempre le había temido al punto de la depresión, se desdibujaba, dándole paso y peso al cero que lo acompañaba, que cifraba lo que no fue escrito, la reconquista de las ganas de vivir tras los ingenuos y suicidas tiempos pasados.

Como parte esencial de la reestructuración, había conseguido, en lo que respecta a la rama laboral de mi nueva vida, un flamante trabajo de medio tiempo cargando medias reses en un frigorífico, cuyo sueldo era salvajemente capitalista pero redondo, como mi edad: me alcanzaba para alquilar una pieza en San Telmo, comprar libros baratos en El rufián melancólico y satisfacer el único vicio que había sobrevivido a la razzia (el tabaco).

Pero lo más redondo de mi precariedad laboral eran las horas de desempleo, ya que el eje y motor de mi renacimiento había sido, sin dudas, el hallazgo de mi más acabada y tal vez única pasión, que requería, a gritos, de una buena porción diaria de esa sustancia indomable que llamamos tiempo. Los treinta años me habían revelado el sentido todo de mi vida, había decidido lanzarme al mar sin más que una tabla de madera, metafóricamente hablando, por supuesto. Y así las cosas, solo cabrían dos posibilidades: morir ahogado en el intento o sobrevivir heroicamente a tan extraordinaria odisea, con el consabido reconocimiento popular. Yo deseaba —para decirlo de una buena vez— ser escritor o no ser nada: no había, entre mis horizontes, mediocres medias tintas.

Fue, con este ajuar metafísico a cuestas, que me presenté, una tarde de sol y veintitrés grados, en un banco de plaza. Era aquella una costumbre que formaba parte de mi entrenamiento diario. Debía impregnarme de la calle, de las fachadas de las casas, de los comportamientos más arraigados del ser humano, de los árboles y de las caprichosas sombras de los árboles; estudiar los movimientos de los pájaros, de los gatos, de las hormigas. Y, para poder extraer una mayor riqueza de mi ejercicio observador–literario, rotaba las plazas y los parques, los conjugaba con otros sitios donde podía sentarme: mesas de bar, bancos en los andenes de subte, salas de espera de infinitas índoles.

Esa lejana tarde de veintitrés grados que, como antedicho, era una más entre las tantas que sucedían a las mañanas en las que maniobraba pesadas carnes, ha de ser el objeto de recorte en esta narración porque, entre las tantas personas que divisé, hubo una chica que, engalanada en un vestido de coloridas flores, parecía celebrar la primavera desde su ropaje.

Se acercó al banco donde yo, casi siempre con un cigarrillo en la boca, alternaba la observación del paisaje urbano con la observación del libro que tenía entre mis manos. Como lo hizo en uno de los momentos en que yo leía, no la vi venir. Me pidió un cigarrillo y permiso para sentarse a mi lado, alegando que le gustaba conversar.

—¿Cuántos años tenés? —fue lo primero que me preguntó, para mi deleite.

—Tengo la edad justa —le dije—, aquella que nos dejó impregnada una década entera de equivocaciones y aprendizajes, y que nos obsequia una década en blanco para poner en práctica la sabiduría resultante, antes de sentarnos en la reposera de la vida.

Se rió.

—Tengo la edad inmejorable —continué—. La que elegirá la ciencia para que tengamos todos una vez que encuentre la fórmula.

Ella, rápida de labia, peroró:

—Yo, como no puedo fumar en la escuela y no puedo fumar en mi casa, me concedo un alto en el camino para hacerlo, cada vez que voy de la escuela a mi casa. Porque tengo la edad injusta, infinitamente mejorable, de dieciocho años.

Asentí con la cabeza su atinada y acompasada reflexión, y procuré animarla:

—No te preocupes, ya vas a llegar a la treintena.

Pero ella negó con la cabeza y, corrigiéndome, me confesó su angustia ante la inminente veintena que le esperaba.

—Sólo es el impacto del dos adelante —la consolé—, a todos nos pasó lo mismo. Pero después uno comprende que fue absurdo haber dilapidado energías en menesteres de tan baja calaña. Enfocate en el cero. En el benévolo cero que acompaña al dos. El cero representa el empezar de cero. Y es eso lo que tenés que hacer. Tenés mucho tiempo para equivocarte: sin querer y a propósito, con tu vocación y con los vicios, de día y de noche. Y sobre todo en el amor, que es la más dulce de las equivocaciones y todavía es una palabra limpia que ignora el prefijo que habremos de agregarle, ya con los pies en la tierra, cuando llegue el próximo cero.

Se rió de nuevo, exhaló el humo hacia arriba y, con excelente retórica, me dijo:

—Me gusta tu retórica. Es delicada y militante. ¿Acaso sos poeta?

—De ninguna manera —me exalté—. Odio la poesía. Es algo propio de los veinteañeros.

—¿Y entonces? ¿Qué sos?

—Todavía no soy nada. Por las mañanas acarreo futuros asados dentro de una gigantesca heladera y por las tardes entreno.

—¿Para acarrear? —me dijo divertida—. ¿Entrenás leyendo?

—¡No, no! Para acarrear no —la reprendí, algo molesto—. Entreno observando, para embeberme; y leyendo, para inspirarme. Por ejemplo, a vos ya te había visto cuando estabas en la hamaca haciendo un horrible esfuerzo por despegar del suelo —y, mostrándole el libro de Cortázar que tenía entre mis manos—: fue cuando hice una pausa para mirar a la gente, entre Las babas del diablo y El perseguidor, que, por cierto, no pude terminar de leer.

Ella se rió a pesar del tono de reproche. Cualquier cosa que yo decía le causaba gracia. Tenía una risa bella, asimétrica.

—Entonces sos escritor.

—No, todavía no soy nada.

—Entonces, sos un perseguidor.

—Digamos que la dicotomía es sencilla: o sale de mí un escritor a flote o me ahogo en el fondo del mar.

—¿En el fondo del mar? —repitió perturbada.

—¡Es una metáfora!

—Entonces es una metáfora poco feliz —me dijo gravemente—. Una metáfora equivocada, impropia de un treintañero que hace alarde de su sapiencia.

No entendí lo que quiso decirme. Quedé descolocado.

—En el fondo del mar está nuestra más oscura noche —me aleccionó—. Esta semana lo estuvimos viendo en la escuela.

Me sentí avergonzado.

—Tenés razón —le dije despacio, mientras buscaba un descargo filosófico—. Fue ese, mi error, el error que confirma la regla. Nunca dejamos de equivocarnos del todo; nos equivocamos hasta en nuestro último acto en vida: nos morimos. Lo que sucede es que a partir de los treinta la equivocación deja de ser sistemática.

—Será. Pero al parecer los errores merman cuantitativa y no cualitativamente —me retrucó con maestría, como si tuviera treinta.

—¿Sabés lo que pasa? —me defendí—. Hay veces en que uno, casi sin darse cuenta, quiere enterrar las cosas del pasado. Ocurre cuando cumplís treinta y anhelás ser escritor para inventar un mundo paralelo.

Con absoluta parsimonia, se levantó y me agarró del brazo. Mientras empezamos a caminar, me dijo:

—No se puede enterrar lo que no tiene tumba. No se pueden depositar flores en el aire. Y mucho menos inventar un mundo paralelo. Para mundo está el real. El escritor está para apaciguarlo, para embellecerlo.

Pronunció esa terrible frase sin mirarme, mientras cruzábamos la plaza en diagonal. Por ese entonces yo tenía la inmejorable edad de treinta años. Me quedé pensando, hasta que le pedí un favor:

—Sólo dejame dar vuelta mi metáfora: seré un escritor que buceará en el fondo del mar, o me condenaré a muerte en la orilla.

Ella le dio la más exquisita respuesta a mi expectación: encubrió una sonrisa y detuvo la marcha.

Y yo me di cuenta de que treinta no era más que un guarismo de esa controvertida sustancia que llamamos tiempo; que no había aprendido nada y que una nueva equivocación empezaba a aletear en mi panza como una mariposa: como cuando tenía veinte años y toda una vida de inolvidables errores por delante.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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