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Artimañas  
     
 

De inmediato me arrepiento de estar aquí (poco menos que en las entrañas del infierno): casa ajena, una mesa cuadrada de madera, como de bar —detalle que encuentro pintoresco—, y, del otro lado de la misma, una mujer, a la cual conozco poco y mal pero desde hace años, de nombre Miranda y portadora de una belleza, por así decirlo, barnizada. No se trata de una cita y no habrá, en lo sucesivo, ningún episodio que contenga una pizca de aromas placenteros. Mi presencia en este recinto es producto del azar de un encuentro en la vía pública, de una irrefutable invitación a cenar en el acto, y, principalmente, de mi debilidad ante la susodicha dama que, siempre, me produce una especie de hechizo que consiste en que yo, en cuanto la veo, de manera automática, sienta como si estuviese amarrado a un camión cargado con toda mi tensión, lo que me implica un descomunal esfuerzo ante cada movimiento, y el cual desaparecerá, con la misma celeridad y magia con que surgió, no antes de que me despida de Miranda y empiece a maldecirme, como en cada ocasión, por la rigidez y torpeza con la que actué, al tiempo que me jure, me perjure y me convenza de que la próxima vez que la vea seré tal cual soy, que no habrá pesados camiones ni filtro alguno en mis palabras y al diablo con todo. Pero eso vendrá después. Ahora Miranda, mientras comparte con el éter su antipatía para con el prehistórico calefón, que se apagó, sin que por ello su alegría inmutable muestre señales de trastabillar, levanta de la mesa mi plato vacío y el suyo por la mitad, con los fideos con salsa que ella misma preparó hace un rato, en dos minutos, durante los cuales entraba y salía de la cocina para conversar nimiedades conmigo —no por cortesía hacia su invitado sino por su mera, lisa y llana pasión por el habla. Nuestro parentesco se reduce al de amigos de amigos, de manera que a lo largo de los años sólo hemos compartido salidas grupales, a bares o fiestas, con el consecuente consumo de bebidas alcohólicas y estupefacientes y cierta tendencia a las conversaciones banales o lisérgicas. Es por eso que, si hay alguna información relevante digna de ser contada aquí, acerca de esta noche en la que estoy en su hogar, sentado en esta silla desde que llegué, arrepentido pero estaqueado, ésta ha de ser el hecho, no menor y que sólo empeora la situación —pues no hace otra cosa que agregar un contenedor más sobre mi camión amarrado— de que es la primera vez que nos encontramos verdaderamente solos, cara a cara, sin la presencia de nuestros amigos en común. Después de guardar su plato con restos en la heladera y poner el mío en remojo, Miranda extrae, de un cajón específico, un coloso, perfectamente cilíndrico cigarrillo de marihuana y, de un salto, vuelve a su silla y se sienta sobre una de sus piernas, quedando la otra suspendida en el aire, y me sonríe dulce, nefastamente, mientras me muestra el objeto novedoso y, acto seguido, lo enciende. Mientras fuma y me habla, capitaneo el noventa por ciento de mis energías al servicio de un desempeño aceptable en la conversación, y con el diez restante maldigo a Dios por habérmela cruzado en la puerta de su casa, defenestro a Miranda por no ser una más, y arremeto con particular saña contra mí mismo por ser como soy. Ahora mismo voy a sosegarme (me ordeno, tiránico); pero no puedo evitar seleccionar cada palabra antes de pronunciarla y planificar cada gesto antes de llevarlo a cabo, dando una cátedra de artificialidad; por ende, no hay sorpresa en el hecho de que, cuando Miranda estira su brazo para alcanzarme el humeante cigarrillo, me lo lleve a la boca de una sola y súbita maniobra, que denota mi urgencia por aliviar las ideas mediante una sustancia —cualquiera— que me permita ser un poco menos yo.

Miranda es —cómo decirlo— diferente. Es espontánea hasta límites insospechados y pareciera que, como una máxima innegociable de su ser, no registrara nunca con quien está hablando, como si nadie le generase nada de más o nada de menos y no se dejara condicionar por pensamientos eléctricos cuando interactúa, lo cual a mí —malditas sean las fuerzas indómitas que invaden nuestra voluntad— me resulta (inexplicable, insoportablemente) atractivo porque, en una palabra, su locura viva, abarcadora, encarna el equilibrio necesario para mi destartalado y literario ser: una mujer a mil por hora. Como contrapartida aparece, infame, su faceta diabólica; a tal punto que, como si tuviera el don de conocer en tiempo real lo que estoy contando, ahora mismo me está brindando el mejor ejemplo para ilustrar en qué consiste dicha faceta y mi desgracia: se pasó a la silla de mi derecha y estamos conversando a escasos centímetros, saboreando los primeros efectos de la marihuana en el cerebro, lanzando las primeras risas; y ella —demonio en sangre—, deliberadamente y sin contemplación alguna, apoya su mano en mi hombro, se inclina sobre mí, hunde sus pechos sin corpiño en mi omóplato, mientras me describe, al ras del oído, una figura sicodélica que detectó en la trama del mantel, y sabe —porque lo emano—, que yo estoy en la cúspide de mi batalla, resistiendo una vez más con mi cuchillo de palo los embates de su innato, genocida dominio de sí misma. Y, es menester para que se tenga una idea cabal de la complejidad de mi lucha, que confiese que ya he caído, oportuna y ferozmente, en sus garras, antes de saber, de asimilar, que es igual de así con todo el mundo, que no hay mensajes cifrados en sus impúdicos roces corporales, ni en su tramposa y amena forma de decir las cosas, de mirar para abajo y morderse el labio, de cantar, de reír, de ser. Fue en una fiesta (y si he de contarlo es solamente para que quede en claro qué lugar ocupa cada quien: ella es la primogénita de Satanás y quien aquí está dando testimonio es su más conmovedora víctima): yo ya había consumido la suficiente cantidad de sustancia alcohólica como para decir lo que me viniera en gana, de modo que la encaré y le expuse, detalladamente, más o menos lo que me vino en gana. Ella, tan sabia, me habló de lo fundamental que era no salirnos de los límites de nuestra amistad para poder conservarla, etcétera, ante lo cual objeté que no éramos amigos, sino amigos de amigos, y nunca más volvimos a mencionar el incidente. Desde entonces me juré no volver a darle el gusto de caer en su trampa, y es por eso que me arrepiento de estar aquí, ofrendándome a su perverso juego, deambulando a oscuras al borde de mi propio abismo. Miranda, empero, se levanta por fin de mi lado: ya no me roza, no me habla al oído y yo, que trabajosamente sobreviví a su as de espadas, lo celebro en mi interior como un desaforado y, sin bajar la guardia, me digo que éste es el momento exacto para retirarme victorioso, antes de que haga un último y desesperado intento por esparcir su virus en mis desgastadas venas, con otra de sus artimañas —porque ése es el término justo que le cabe a cada una de sus acciones, a todo lo que hace—: puso un disco de Divididos y ahora baila en cámara lenta, con los ojos cerrados, la cabeza levemente inclinada hacia atrás y una sonrisa de labios apretados, exhalando cada tanto el humo por la boca en forma de aureolas que se diluyen en el aire; trata de embrujarme y debo admitir que hay como un halo, una esfera de microclima que la acompaña en sus movimientos (y lo peor de todo —porque, cuando uno es como yo, no puede evitar reparar en ciertos detalles— es que viste un pantalón corto de jean sobre medias negras). Pero heme aquí magno y fortalecido, de modo que me doy el gusto de no interrumpir su espectáculo antes de partir, como una muestra de superación, por pura venganza. Miranda, que nunca flaquea, que nunca pierde de vista las coordenadas de los astros y es tan simplemente lúdica, se acerca y me extiende lo que queda del cigarrillo de marihuana y, a la pasada, como un manotazo de ahogado, me dice —porque no es ninguna tonta y sabe que ya me voy, que una vez más no podrá conmigo— que es tarde, que puedo dormir en el sillón, que me quede. Entonces yo, mientras observo, indignado, que —sin esperar una respuesta— sube la música, atenúa las luces y extrae de un mueble una botella de vino, pienso, sin rodeos, que todo esto es una verdadera pesadilla y que —ay de mí— me espera una larga, infinita noche en este celestial infierno.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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