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Relaciones bilaterales  
     
 

Debo haber llegado temprano al reparto humano de las desgracias porque me tocó la que mejor ilustra el término: habiendo miles de edificios en Buenos Aires, fui a parar justo al mismo que Sofía. Sofía –que así se llama mientras tanto, por ser ése el nombre que comúnmente imagino en toda mujer que me quita el sueño pero cuyo verdadero nombre ignoro–, es mi vecina del edificio de la calle Juncal. Toparme con Sofía en la única vida de la que dispongo significó echarla a perder, puesto que, tan pronto como la vi, accedí a la revelación –que la mayoría de los mortales tiene el privilegio de ignorar– de que no existe la felicidad más allá de ella y de que todo lo demás son distintos grados de conformismo. Cada vez que la cruzo me siento un verdadero miserable. Yo estoy al tanto de Sofía, y eso es lo que me diferencia de los demás: la pérdida perpetua de la más vital ignorancia.

En todas estas tortuosas ideas estoy pensando cuando vuelvo de la Cancillería, donde trabajo (con la esperanza de que un día me manden de intercambio diplomático al otro lado del mundo), y me topo con su parte de atrás ingresando al edificio. La saludo con una sonrisa y le sostengo la puerta invitándola a pasar. Sofía sube al ascensor y yo ingreso detrás de ella.

―¿Qué piso?, le pregunto.

―Catorce –me responde; dato que yo ya conozco.

Aprieto el catorce y el dieciséis (yo vivo en el tercero, pero me parece poco tiempo), y luego el botón con dos flechas hacia adentro. Sofía sostiene la cartera contra su cuerpo y mira fijo un punto cualquiera con la cara sutilmente inclinada hacia el lado contrario al que estoy yo. Su semblante es una mixtura de la habitual incomodidad de las personas en los ascensores y de la habitual repulsión hacia el desconocido de las damas que se saben fastuosas. Yo tengo la teoría de que para las mujeres de esta clase, todos los hombres son, por naturaleza, borrachos y pervertidos que sólo están pensando en arrancarle la ropa, hasta que demuestren lo contrario. Excluyendo, por supuesto, al decoroso de su marido (que suele ser un desgraciado e infiel hombre de negocios), al honorable de su padre (que suele ser borracho y pervertido), y al simpático de su hermanito menor (que suele ser bastante amanerado y un buen hijo de puta).

―Que feo día, ¿no? –observo, para romper el hielo.

―El tiempo está loco –me contesta sin quitar la vista del punto imaginario.

―Pero hay que verlo de esta forma: sólo falta un mes para la primavera –insisto para mantener a flote la conversación. A esta altura, imagino, el ascenso se le estará haciendo interminable. No debe ver la hora de llegar a su casa y desplomarse aliviada en los brazos del decoroso.

―Y entonces, seis meses de calor y la gente alegre en la calle…

―Prefiero el invierno –me corta secamente. Yo la debo haber mirado como a un bicho raro. La verdad es que no puedo entender a esa gente que prefiere el invierno argumentando patrañas del tipo: “porque uno siempre puede ponerse más abrigos pero no puede quitarse la piel”. Incluso les tengo cierta bronca, menos a Sofía, claro, de quien tomaría por un detalle menor si simpatizara con las juventudes hitlerianas. Esto, sin mencionar que en su caso hasta puede justificarse que prefiera el frío, porque está revestida de tanta fibra que es fácil imaginarse el calor que debe hacer allí adentro.

―Es cierto, porque uno siempre puede ponerse más abrigos pero…

No llego a terminar la frase cuando el ascensor se sacude bruscamente y se detiene. La luz se reduce a la mitad. Sofía se tambalea hacia mi lado y la contengo con los brazos. Me mira atemorizada y se libera rápido. Me pregunta qué pasa.

―No sé –le digo mientras aprieto el botón de la alarma, que lanza un último silbido agónico hasta extinguirse por completo–. Debe ser un corte de energía…

―¿Cómo que un corte de energía? –se queja y descuida por un momento su habitual postura erguida, al tiempo que me hace a un lado y comienza a apretar todos los botones con la mano abierta.

―¡Eh! ¿Cómo vamos a salir de acá? –me indaga como si yo tuviera acceso a información que a ella le es vedada.

―No es nada grave. Si no vuelve enseguida pondrán a funcionar el grupo electrógeno. No más de unos pocos minutos.

Sofía hace un gesto de fastidio pero deja de apretar los botones y apoya su cuerpo contra el espejo, que está enfrentado a la puerta del ascensor. Yo hago lo propio contra la pared del lado del tablero. Con aire altanero retoma la visión de su punto imaginario en la pared, que empiezo a creer debe esconder el Aleph de Borges, como mínimo, si es capaz de merecer tanto la atención de semejante mujer. Al rato, se acuerda de su teléfono y busca en la cartera. Al mirar la pantalla, lanza un quejido.

―No tengo señal, ¿por qué no te fijás…?

―Yo ni siquiera tengo celular… –la interrumpo con una sonrisa mordaz pero simpática que de todas maneras no le causa gracia alguna.

―Por cierto, ¿qué hora es? –le pregunto mostrándole mis muñecas vacías. Hace un visible esfuerzo por no perder la compostura, toma la cartera del piso, la abre con asombrosa paciencia y con la voz suave y contenida me dice que son las seis menos veinte.

Ya habrán pasado poco más de cinco minutos desde que el ascensor se detuvo. Sofía está desorientada. Yo en cambio, debo confesar, no sin cierta culpa, le sigo agradeciendo a Dios por tamaña oportunidad que, por otra parte, ha sido una exclusiva ocurrencia suya. Con los minutos Sofía va aflojando un poco su cara de pánico; y pienso que se debe a que yo, habiendo tenido la ocasión ideal para hacerlo, no me abalancé sobre ella como un feroz camionero después de mil kilómetros de rutas.

Nos quedamos en silencio y, para no ser menos, busco un punto en un ángulo del techo donde fijar la vista. Afuera no se alcanzan a oír ruidos ni voces. Cada tanto, aprieto algunos botones al azar en el tablero sin esperar que nada ocurra, más bien para cumplir con el protocolo implícito. Sofía empieza a inquietarse de nuevo, cambia de postura y se toca la cara con recurrencia. Agarra su teléfono una vez más.

―Ya pasaron diez minutos –por primera vez me mira al dirigirme la palabra, con cara de desamparada que debe aceptar que su único resquicio de contención soy yo.

―Tené un poco de paciencia, en cualquier momento se empieza a mover o abren la puerta.

―¿En qué piso estamos? –me pregunta, una vez más como si tuviese la palabra Kapelusz impresa en mi frente. Le contesto que no tengo idea y su rostro se deforma que da miedo.

―Yo a las seis tengo que estar en mi casa –me mira con el mismo rostro–. Si se cortó la luz ¿por qué lo único que tenemos es luz?

Empieza a mermar mi virtud de goce y sobre todo mi paciencia. Siempre que quiero denotar seriedad en mis palabras hacia una mujer antepongo su nombre, sin diminutivos. De manera que estoy a punto de llamarla Sofía, y cuando reparo en ello me presento y le pregunto su nombre. Se llama Antonella.

―Bien, Antonella, repasemos: estamos atrapados en este claustro hermético en el que uno no se explica por qué nunca se acaba el aire. Deberíamos agradecer a Dios –vaya si yo debiera estarle agradecido, pienso mientras lo menciono, aunque por momentos Dios parece olvidarse de mí y estar ocupándose de otros asuntos–. Deberíamos agradecer a Dios –prosigo– que la luz funciona a batería. Por otra parte, y quiero hacer especial énfasis en lo que sigue, ambos somos víctimas de un mismo desperfecto y dependemos en la misma medida del afuera. Lo mejor que podemos hacer mientras tanto es tener una convivencia amena.

Al parecer, una perorata de esta calaña era lo que andaba necesitando, porque pone cara de afligida, me pide perdón (¡oh, sí!, me pide perdón, y puedo apostar a que esta es la primera vez en su vida que le pide perdón a alguien; a excepción de su marido, por supuesto, a quien de seguro le pide perdón si el rumbo de la economía nacional no le es favorable, por caso). Bueno, me pide perdón y de golpe parece una mujer relajada. Saca una parva de cosméticos de su cartera y se maquilla frente al espejo mientras tararea una de esas aborrecibles canciones románticas, que reconozco pero no puedo precisar, porque no las distingo entre sí.

Yo, con actitud de coronel presuntuoso que se muestra agotado después de poner las cosas en su lugar, me deslizo de espaldas por la pared hasta quedar sentado en el piso del ascensor, con las rodillas flexionadas. Entonces, me resulta curioso no haber observado todavía a Sofía; lo que se dice observarla en serio, con minuciosidad de cirujano. La verdad es que éste es el único contexto en el que me puedo permitir hacerlo sin sentir que soy un depravado, porque ya llevamos un buen rato en el ascensor y he cumplido mi deber de hombre maduro que administra la crisis y logra amansar a la mujer histérica. Y, por sobre todas las cosas, el ascensor no es lo que se dice una galería de arte en la que uno tiene mucho donde entretener la vista, salvo por la criatura de Dios frente a mí, que es una verdadera escultura digna de haber surgido de la más inspirada noche de la historia de la divinidad. De modo que me pongo a observarla con aire de aristocrático que se presume erudito y admira durante media hora un enorme cuadro blanco sin más que un círculo negro en el centro, por ejemplo. Así observo cada centímetro cuadrado de la superficie de Sofía, que sigue de espaldas frente al espejo y tapa mi reflejo con su propio cuerpo. Cuando el paneo transita por debajo de su cintura la situación está a punto de desmadrarse: tiene una pollera de jean y, desde mi perspectiva, la cuestión es en tres dimensiones. Se me nubla la vista y siento que es cosa de un instante ponerme a rebotar como una bola por todo el ascensor. Me veo en la necesidad de respirar hondo durante un minuto, al tiempo que pienso estratégicamente y con lujo de detalles en un geriátrico repleto de ancianos pidiéndome que los enjabone. Me levanto como puedo y al cabo de un rato me recompongo. Sofía está terminando su absurdo ritual de embellecimiento y yo –visto los inmediatos antecedentes– hago lo imposible por evitar verla hasta recuperar mi pulso normal. De manera que me pongo a apretar los botones del ascensor como un pasatiempo.

Una vez que concluye con su entretenimiento, devuelve los cosméticos a la cartera y parece recordar nuevamente dónde se encuentra, lo que implica que yo ponga especial alerta ante el inminente arranque de su ciclo de pánico y reproches hacia el resto del mundo, esto es, hacia mi persona. Para este momento, sobre todo después de mi potencial ataque de furor neutralizado, ya perdí la cuenta del tiempo. Entonces, en un notable desacierto de mi parte, le pido otra vez la hora. Saca su celular y pone cara de estar viendo una foto de su propia muerte. Me resigno a ver con qué me vendrá en esta oportunidad y la atrapo justo cuando estalla en crisis.

El problema, ahora, resulta ser que se está acabando la batería del celular. Lo cual, pienso, no altera en mucho su inutilidad, pero evidentemente debe significar para ella una especie de ratificación simbólica. Me aparta con cierta violencia y empieza a girar por todo el ascensor apuntando el celular hacia arriba, sin quitar los ojos de la pantalla. Yo la dejo continuar con su rapto de locura y en algún momento me escabullo hacia el centro para evitar ser arrollado por el torbellino que arrastra a su paso. Después de un rato se rinde, posa la frente en el espejo y libera un llanto silencioso. Yo me acerco y, no sin temor a recibir un codazo, pongo mi mano en su hombro. Para mi sorpresa, lo acoge favorablemente y gira por completo hasta abrazarme por el cuello. Esta es, señores, la gota que rebalsa el vaso. Apoya de lleno sus pechos contra mí y puedo sentir en cámara lenta cómo se hunden en mi cuerpo. Por un momento pienso en arrancar el techo del ascensor, cortar la soga con los dientes y morirme ahí nomás, junto con Sofía y la desgracia que encarna. En fin, creo que aprieto fuerte los dientes; el punto es que aguanto estoicamente los millones de minutos que transcurren con Sofía apoyada en mí, hasta que se queda dormida. La deslizo despacio contra un rincón y la cubro con mi gabán.

Sofía duerme y yo trato de leer, pero no logro concentrarme. No puedo evitar reparar en que la tengo ahí, mansa, y siento al diablo en miniatura parado sobre mi hombro instándome a cometer toda clase de delitos aberrantes. Me acuerdo del discurso que nos dan siempre en la Cancillería a todos los que, como yo, trabajamos de último orejón del tarro, acerca de que somos como una gran familia y que las ideas que aportemos van a ser siempre consideradas, etc. Entonces pienso que cuando salga de aquí voy a proponer subir a Sofía a un barco y pasearla por todo el mundo, promoverla como se promueve al tango o al dulce de leche, para fortalecer las relaciones bilaterales y que nuestra nación sea reconocida en el imaginario colectivo como la patria de Gardel, Maradona, el Che Guevara y Sofía.

Cuando por fin despierta, yo ya terminé con todo este delirio o, mejor dicho, ya tengo todo el plan en mi cabeza, y me encuentro metido de lleno en la lectura. Siento un murmullo y al levantar la vista observo que me está sonriendo, todavía sumergida a medias en el sueño. Juzgo que una carita así no puede ser sino una macabra provocación y de nuevo estoy a punto de arrancarme los pelos y tirarme encima de ella. Sofía busca la hora en su teléfono pero ya no prende, de manera que apela a mi sentido del tiempo y yo le digo suponer que ya es de mañana. Mi presunción no le gusta, piensa que durmió cinco minutos o, vaya uno a saber, tal vez espera todavía llegar a su casa a las seis de la tarde. Sin embargo parece agotada y ya comprobó la ineficacia del barullo. Aún así, se permite mascullar cosas ininteligibles sobre qué barbaridad esto y aquello y sobre iniciar acciones penales, etc. Yo, que más o menos aprendí a maniobrarla, decido ignorarla hasta que se le pase y sigo con mi lectura como si nada. Hasta que se le pasa.

―Nunca falto sin aviso –dice con la mirada perdida, pensando en voz alta, mientras desenfunda una barra de cereal.

―¿Qué tenías a las seis? –la indago, y al instante me arrepiento de mencionar el mundo exterior. Está atravesando un ciclo de calma y yo, como sostén de ambos, debo aprovecharlo. Entonces, improviso una hipótesis en mi mente y, sin dejar que procese la pregunta, le digo a Sofía:

―Antonella, en estos casos suele haber un protocolo de seguridad. Es posible que hayamos quedado entre dos pisos y que el motor haya sufrido un daño con el corte. Eso demora la cosa porque tienen que hacer todo con máximo cuidado. Nada más, no hay de qué preocuparse.

Sofía no me responde pero procura hacerme notar su cara de niña caprichosa que hace puchero cuando le explican que tiene que ir a la cama. Después se abanica con las manos y se empieza a alzar el sweater con delicadeza. De pronto es como estar en el cine viendo una de suspenso, sólo me faltan los pochoclos. No puedo sino prestar especial atención a cada maniobra. La escena se me hace interminable y me doy cuenta que el libro está abierto en cualquier parte y por poco no lo estoy sosteniendo al revés. Cuando llega al final, la cosa se pone seria y yo siento ganas de llorar: Sofía tiene una camisa blanca filantrópicamente desabotonada en la parte superior, detrás de la cual asoman dos sutiles dunas que hacen que el ascensor parezca una sucursal del pandemonio en la Tierra. Saca una botella de agua, de esas de medio litro que las mujeres llevan siempre en la cartera y van tomando de a sorbos sin que se les acabe nunca. Es en este momento que pienso lo peor. Me invade una fiebre y emerge frente a mí un espejismo en movimiento, veo la acción como desde afuera: yo arrebatándole la botella ante su mirada atónita y volcando el contenido sobre su camisa antes de arrancársela y hundir mi cara entre sus pechos mientras ella me pide que siga al tiempo que me pega cachetadas por haber desperdiciado el agua de tal manera.

―¡Ey! ¿Qué te pasa? –me interrumpe. Vuelvo del letargo con fastidio, como cuando uno comprueba, al despertarse, que todo lo bueno que estaba pasando fue sólo un sueño. Me pongo de pie de un salto y empujo hacia arriba los paneles de plástico que cubren las luces, hasta sacarlos. Hay dos tubos y, entremedio, se vislumbra el techo de metal. Comienzo a golpear la tapa a los saltos hasta que se me enrojecen los nudillos, pero no logro siquiera desplazarla. Después me pongo a darle feroces patadas a la puerta, cada una de las cuales me hace rebotar hasta chocar de espaldas contra el espejo. Ya sin fuerzas, doy un último golpe y caigo rendido. Cierro los ojos con empeño, retengo el aire y prenso mi nariz con los dedos. Sofía, que indudablemente se sentiría más segura estando encerrada con un león hambriento, me acerca la botella con la mano temblorosa y me da de beber un sorbo. Yo aprovecho que no se atreverá a reprobarme en un momento así y prendo un cigarrillo. El ascensor se llena de humo con la primera bocanada, pero me voy apaciguando como por arte de magia. Un simple cigarrillo se convirtió en lo que más deseo en el mundo, sin contar mis furiosas ganas de hacerle lo habido y por haber a Sofía, se entiende.

Duermo un lapso indeterminado, puesto que el concepto de tiempo ya dejó de existir para nosotros, y me despierto creyendo que acabo de comer uno de esos abundantes asados que hace mi viejo los domingos. Cuando mi mirada se topa con Sofía, la veo como carne pero esta vez en otro sentido, como la que se consume en plato y con cubiertos. Me refriego los ojos para borrar la imagen y siento una bomba de estruendo en mi estómago que por un instante me hace pensar que están martillando para rescatarnos. Para peor, tengo enormes ganas de mear, en el lugar menos adecuado y en compañía de una mujer que invita a mantener ciertos modales. Cuando un hombre no toma una gota de agua durante horas, le agarran ganas de mear. Es un fenómeno que nunca voy a comprender. Una mujer, en cambio, tiene la capacidad de pasarse toda una noche bebiendo cerveza en un bar sin ir al baño, si le resulta poco higiénico.

Este día, por llamarlo de alguna manera, decido dar por finalizada mi representación de hombre sereno y entregarme por completo al abandono, sin que me importe si estoy sólo o rodeado de las ganadoras del Miss Universo del último lustro. Mi estoicismo ha mermado y lo asumo sin culpas. Creo haber soportado lo suficiente la sed, el hambre y la abstinencia de onanismo, como para considerarme un héroe antes de morir.

Paso el tiempo acurrucado en el suelo, usando el libro de almohada. Afuera persiste el silencio agudo, inalterable, del mundo que no está atascado. Pueden ser siempre las tres de la mañana como las cinco y media de la tarde, hora fatídica en la que nos embarcamos en el más largo viaje en ascensor jamás soportado. Miro a Sofía que, salvo algún comentario de vez en cuando, no me presta demasiada atención. Aprendimos a tener cada uno nuestro espacio, como si hubiésemos repartido el ascensor en dos ambientes. Cada tanto nos encontramos en la frontera común para almorzar o cenar (vaya a saberse), cada uno nuestra correspondiente galleta de arroz donada a la comunidad por la cartera de la dama y las cuales, así las cosas, debemos racionar adecuadamente.

La impaciencia de Sofía fue disminuyendo de forma inversamente proporcional al paso del tiempo, lo cual a mí me parece contrapuesto a cualquier concepto de cordura y me produce bronca. Volvió a tararear canciones repugnantes y se dedica a escribir en su agenda, tal vez una crónica de nuestro martirio para cuando encuentren los cuerpos podridos tras una denuncia de los vecinos por malos olores. Si tuviese la fuerza suficiente para ponerme de pie, la zarandearía hasta que entre en razón y deje de jugar a la niña feliz, y si tuviese la fuerza de balbucear algo, de seguro elegiría algún insulto poco creativo. Pero en cambio me quedo dormido de nuevo, como si adelantara un pago más de mi lenta muerte en cuotas.

Me despierta una caricia de Sofía, que al parecer ya terminó de repartir todos sus bienes en testamento, y por un instante pienso que estoy muerto y me encuentro en el paraíso. Simulo desperezarme para aprovechar la ocasión de ver sus pechos en alta definición debajo de su camisa. Ya perdí toda noción espacio-temporal, no puedo arriesgarme a decir si estoy aquí desde hace una hora o desde hace diez días. Y pienso que Sofía tampoco, porque ya no pregunta cuánto tiempo pasó cada vez que se despierta. Lo injusto es que ella parece tener cada vez mayor vitalidad. Yo en cambio sueño una y otra vez con los asados de mi viejo, que a esta altura vienen con molleja y provolone. Sin embargo, en algún momento decido que quiero morir con cierta dignidad y despego mi cuerpo del piso (no sin trabajo y con la ayuda de Sofía, que mantiene una sonrisa constante como si estuviera drogada).

Sofía termina de acomodarme hasta que quedo sentado. Intenta darme ánimo y me pide que le lea uno de los cuentos de mi libro. Se sienta a mi lado, apoya su cabeza contra mi hombro y extiende sus piernas por sobre las mías. Yo hago todo lo posible por concentrarme, por no arruinar este instante pletórico, pero sistemáticamente me bloqueo en la primera frase y debo recomenzar la lectura. Así lo hago dos o tres veces. Luego me esfuerzo por regresar al asado, considerándolo un mal menor. No hay caso: mis ojos dan una vuelta sobre su eje, le transmiten un aviso al resto del cuerpo y vuelven a su posición normal. Veo caer un relámpago en medio del ascensor y revoleo el libro lo más al carajo posible (teniendo en cuenta las limitaciones espaciales), tomo de la cintura a Sofía y la arrastro encima mío. Manoteo la botella que todavía conserva un fondo de agua, la vacío sobre sus pechos y despedazo su camisa con la boca. Siento lo que el hombre debe haber sentido al pisar la luna. Ella oprime mi cabeza contra el valle entre sus colinas y me arranca mechones de pelo. Cuando la ensamblo ya no logro saber si estoy vivo, dónde estoy, ni a quién tengo encima. Creo que si hubiese tenido esta energía para romper el techo o la puerta, ya estaríamos cada uno en su casa. Antonella hubiese llegado a las seis y yo estaría tomando unos mates, pensando una vez más en que si uno no posee a Sofía, pero en cambio tuvo la desgracia de saber que existe, la vida no tiene el menor sentido.

―Tuviste suerte en la vida, Daniel –me dice.

―¿Por qué, Antonella? –y me resulta extraño llamar a Sofía por ese nombre. Estamos desnudos en el piso, nuestra ropa desparramada por todo el ascensor y el libro abierto boca abajo.

―Porque te cruzaste conmigo –nos ponemos a reír al unísono, como dos desquiciados. Los pechos de Sofía saltan al son de nuestro arrebato. Suben y bajan y me parecen perfectos, del tamaño preciso.

 
     
   
 
 
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