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Horizontalidad de los abismos  
     
 

Apoyo la yema de mi pulgar derecho sobre el botón del timbre. Me inclino levemente para mirar por la ventana delantera. Lo oprimo. El colectivo se detiene. El barrio es el mismo que quedó impreso en mi mente, se repiten los baches, los semáforos oxidados. Incluso la gente parece haber quedado atascada en edad eterna. Atravieso la estación de servicio donde solía proveerme el tabaco y camino por la avenida, que conserva intacta su decadencia, rodeada de accidentadas veredas sin árboles y paredones cubiertos de nombres de candidatos políticos en letras de molde. Es un barrio que me cautivó de otra manera, que aprendí a amar por otras razones.

Me desvío por una calle lindera e ingreso a la parte residencial, de anchas veredas con grandes árboles y casas bajas y un silencio absoluto que lo es aún más con el tibio sol mañanero del verano. Encuentro un lugar estratégico donde apostarme entre los autos estacionados. Una amplia sombra me cubre y desde allí puedo vigilar la puerta de su casa. Ya no conozco sus horarios, de manera que espero, pacientemente, cuanto sea necesario. Sin quitar los ojos de la puerta que yace estática, inmóvil como todo el barrio que la circunda hasta que una golondrina tornasolada fragmenta el aire y aterriza a mi lado. Se queda aquí, husmea mi calzado, me acompaña. Indaga las colillas en el suelo y yo las cuento junto con ella: una, dos, tres con aquella... son ocho, con la que acabo de apagar.

De golpe el traqueteo de un tren la pone en fuga. Levanta vuelo y se pierde en el denso cielo cuando la puerta se entorna y yo me precipito detrás de un árbol. Primero adivino un brazo, una mano serena, se demora en salir. Me revela su gracia de a poco, juega con mi mente aun cuando ignora mi presencia. El hombro, su pelo suelto. Un grueso sudor cae por mis cejas. El contorno de su cara, su ojo derecho de color miel. Media boca, su boca entera. Hasta que por fin su ser completo me encandila. Su belleza en cumbre, amanecida en el umbral, en eufórica musculosa blanca y pantalón corto.

Cierra la puerta dándome la espalda y gira la llave sin siquiera imaginar que estoy allí, observándola a diez metros. No me sabe capaz de hacer estas cosas. ¡Es tanto más esplendorosa y soberbia con su desnudez vedada! Y es un instante, como al principio fue inexorablemente un instante antes de ser una conversación, un intercambio de teléfonos, una ansiedad, una noche. Y se me va, de nuevo se me va y es tanto menos mía ahora que estoy tan cerca, agazapado como un felino al acecho detrás de un árbol dejándola ir, permitiéndole pasivamente que se aleje caminando.

Su silueta se va empequeñeciendo y se pierde del todo al doblar la esquina. Entonces sí, atravieso la calle; me pongo en cuclillas frente a su puerta y saco las herramientas de mi mochila. Capaz de aquello de lo que me creía incapaz, elijo primero la de color azul marino. Debió sentir un movimiento, una sombra detrás del árbol y asomarse, pero se fue. Debió descubrirme y arrojarse sobre mí, colgarse de mi cuello y atenazar mi cintura con sus piernas. Darme un solo beso profundo con su boca llena de lágrimas, interminable y salado, que me haga desistir del plan, que me obligue a no necesitarlo.

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Nunca alcancé a conmoverla con mi literatura, ni siquiera en la primera época de su enamoramiento. Me leía por cortesía y sus apreciaciones eran triviales, condescendientes. Sintetizaba siempre su veredicto en una o dos palabras carentes de novedad y enseguida encontraba la manera de hablar de otra cosa, con un torpe disimulo que sentenciaba mi frustración una y otra vez, que revalidaba la ineficacia de mi escritura para lograr aquello que, después de todo, era lo único que me motivaba a escribir: seducirla de todas las formas posibles.

Esa impotencia de la palabra me trajo hasta su casa. Por eso estoy ahora aquí, escuchando sonar el mismo teléfono al que la llamé por primera vez y del otro lado del cual debe haber algún mediocre que le garantiza ese amor común y frívolo al que eligió sacrificarse después de mí, en su pacto de huidiza parsimonia con la vida.

Una pequeña muchedumbre en espontáneo silencio se apostó en semicírculo a mi alrededor. Al filo de sus últimas horas, la luz del sol acaricia la fachada como si fuese un reflector que realza lo imprescindible. El niño contempla la escena desde una ventana enrejada (tiene las mejillas apoyadas sobre las palmas de sus manos y yo estoy seguro de que sólo él estuvo allí desde el principio, viéndola salir de su casa; y viéndome a mí, viéndola salir de su casa). La última pincelada es de un tenue anaranjado: un reflejo en el lago. Al fondo asoman tres cerros plateados y ocres y el cielo está cubierto de nubes grises. En primer plano aparece ella, de perfil. Tiene el mate en la mano y con semblante serio mira el centro del espejo de agua, como buscando su infinitud; tiene el pelo recogido pero cuatro mechones se escabullen y vuelan por encima de su frente, agitados por la brisa que recibe en la nuca y que ahora sopla desde el fondo de la calle, ignorando las márgenes de mi creación. Mientras se empiezan a encender las primeras luces de la tarde yo me acerco a la ventana donde está el niño. Paso mi mano a través del enrejado y lo despeino. Dejo la foto sobre el alféizar, en el que tiene apoyados los codos –ya no la voy a necesitar–, y me abro paso entre la muchedumbre que de a poco se arrima al mural para observarlo de cerca. Siguen procurando el silencio, minuciosamente, como si se tratara de algo inevitable.

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Apoyo la yema de mi pulgar sobre la rueda del encendedor. La hago girar. Aspiro el cigarrillo. Otra vez estoy sentado en el banco metálico de la misma vieja parada. Al lado mío hay una mujer joven que también fuma, pero no es ella. Ella estará regresando en estos momentos. Estará a punto de presenciar el espectáculo a pocas calles de aquí. Ya debiera estar cobrando movimiento, generalmente la transición comienza enseguida. Primero es el brillo, después va ganando perspectiva. Se acrecientan los sonidos, los olores, hasta alcanzar la intensidad toda del trasfondo. Ella nunca me hubiese creído capaz. Los colores vivos, las oscuras aguas azules meciéndose suavemente. El cielo gris avanzando amenazante, lo recuerdo bien. Las montañas eternamente estáticas y mi brazo estirándose para detener el colectivo. Su pelo danzando en el aire, posándose por momentos sobre su cara –también eterna– y estorbándola mientras bebe el mate. Y yo subiendo al mismo tiempo el par de escalones y leyendo como un mandato absurdo en la pantalla de la máquina expendedora de boletos: indique su destino.

¿Qué cara pondría al descubrir que además de ser dipsómano tengo el talento de calentar el agua arcaica de un mate de hace años sólo por ella, que puedo mover su pelo de antes aunque ya no pueda penetrarlo con la yema de mis dedos? Mirará a su alrededor desesperada, buscará detrás de los árboles, correrá hasta la esquina; y la gente se habrá ido pero el niño seguirá allí, contemplándola desde la ventana de rejas en tres planos a la vez, sin decir una palabra. Sin decirle que ya es en vano, que emprendí el viaje –el conductor me mira impaciente a través del espejo y como tantas otras veces estoy a punto de gritarle a viva voz que yo no tengo destino. Y de nuevo estaré en la orilla del lago, guardando la cámara después de tomarle la fotografía y echándome a su lado, alojando mi cabeza en su falda para que me acaricie con su mano libre sin dejar de sostener el mate con la otra, y su mirada renuncie a la infinitud del lago para posarse en mí mientras me sigue acariciando y los tiempos se confunden y mis ojos de entonces se van cerrando con los de ahora, y con mi sangre de ahora se detiene la sangre de entonces del otro lado del abismo.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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