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Ariadna de noche  
     
 

El ruido de la calle no la dejaba dormir. En el silencio innato de la noche el rugido de los autos circulando por la avenida se sentía más agudamente, se filtraba íntegro en su cabeza.  Las estrepitosas sirenas de las ambulancias ocasionales parecían alertar sobre un inminente bombardeo. Hubiese querido ser como Martín, que era inmune al rumor nocturno y dormía a su lado como un niño, dándole la espalda a su desvelo. Ariadna estaba acurrucada detrás de él, rodeaba su torso con el brazo y le acariciaba el pecho mecánicamente. Por las rendijas de la persiana mal cerrada se colaba una tenue luminosidad grisácea. Fijó su mirada en un punto de la oscuridad imperfecta y pensó intensamente en el amor, como siempre que se tiene insomnio. Besó el cuello y la nuca en el tibio cuerpo que reposaba frente a ella. Luego, sigilosamente, retrajo su brazo a través de la axila de Martín hasta desprenderse. Él tanteo por puro instinto el aire con la mano, buscando retenerla. Ariadna se levantó despacio de la cama y se dirigió al salón. Sin encender las luces, se sentó en el sillón y prendió un cigarrillo. Una fina aureola iluminaba su rostro al avivarse la brasa cada vez que pitaba. Por su mejilla se deslizó una lágrima resplandeciente que no supo precisar. Estaba triste y enamorada. Se preguntó por qué Martín no era de la forma en que ella necesitaba ser amada; por qué en vez de eso la amaba con su singular y dañina metafísica. Arrojó al pasar la colilla en el inodoro y regresó a la habitación. En la penumbra, presintió la ausencia de la silueta de Martín sobre la cama. Encendió el velador y lo descubrió en lo alto, durmiendo de costado contra el cielorraso. Su ley de gravedad se había revertido y lo había elevado como a un globo. Ariadna se paró encima de la cama y se estiró lo más que pudo, pero sólo alcanzó a rozar su piel. Dio entonces un salto y logró sujetarlo del brazo. Lo atrajo hacia ella con toda su energía y lo tomó con ambas manos. Martín yacía inusualmente pesado, apenas conseguía despegarlo del techo. Flexionó sus piernas para generar un mayor contrapeso, quedando toda ella flotando en el aire. El cuerpo comenzó a ceder y descendió despacio, como un paracaídas desvaneciéndose. Ariadna lo devolvió a la cama y lo cubrió con una manta. Martín seguía durmiendo mansamente y ella sintió el contagio de su sueño. Con la yema de los dedos encontró sus labios en la oscuridad y lo besó. Después se acomodó entre las sábanas, se aferró con fuerza al pecho de Martín y el rumor de la noche, afuera y adentro, se fue extinguiendo paulatinamente.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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