relatos»  
Dos lunas  
     
 

1.

El sendero se internaba de a poco por un frondoso bosque de altos coihues que generosamente nos resguardaban del virulento sol del verano. Denise y yo caminábamos sin apuro a la vera del arroyo, mientras intercambiábamos preguntas para corroborar o desechar los escepticismos propios de dos personas que se conocieron en la víspera. La noche anterior yo me encontraba en una taberna de Colonia Suiza redactando en mi cuaderno el final de un cuento acerca de un viejo que después de desearlo durante toda su vida se convirtió en cóndor y pasó sus últimos años sobrevolando entre las montañas, sumido en la tristeza de descubrir que ya no podría comunicarse con nadie y que nunca más volvería a amar a una mujer; hasta que me sobresalté al escuchar una voz femenina:

―Sería más interesante si en lugar de emborracharnos por separado nos emborracháramos juntos, ¿no te parece?

Levanté la vista y la descubrí instalada en mi mesa. En su semblante se percibía una seriedad fingida y un risa contenida que no intentaba disimular. Me hallé descolocado y evalué la situación: en primer lugar, no me había pedido permiso para sentarse, simplemente había solicitado mi parecer respecto de emborracharnos juntos; por otra parte yo era vulnerable a las mujeres atrevidas, con lo cual de todas maneras le hubiese dicho que se podía sentar; además ya estaba ubicada frente a mí, sin intenciones de acatar órdenes que la contradigan, de modo que tampoco importaba lo que le hubiese dicho. Y por último, lo fundamental: era hermosa, por lo que daba lo mismo todo lo anterior.

De manera que nos pusimos a charlar entre sorbos de cerveza. Denise me contó que había decidido viajar a la Patagonia tras la muerte de su padre, necesitaba pensar en él y estaba segura de encontrar allí el ambiente propicio para hacerlo. En rigor de verdad, según dijo, su objetivo último era transformarlo en poesía. Yo le narré algunas de mis tragedias familiares para que no se sintiera sola, le expliqué que era un escritor a medias y que asimismo era muchas otras cosas a medias. Me indagó acerca del motivo que me había llevado a viajar hasta ese lugar remoto. Le admití que apenas unos instantes atrás lo había descubierto: estaba allí para que ella no tuviese que emborracharse por separado.

2.

El camino dejaba atrás el bosque de coihues y repentinamente comenzaba el pronunciado ascenso al cerro. Subimos por una pendiente de suelo arcilloso que alternaba tupidos cañaverales con zonas de pequeños matorrales. La senda se iba tornando cada vez más empinada, lo cual resultó una desgracia puesto que Denise, siempre que su agitación le daba un respiro para hacerlo, me maldecía por haberla persuadido de acompañarme. Yo le confesé que la prefería en una taberna, instalándose en mi mesa con descaro, y la mandé a que dirija sus quejas al responsable topográfico de la Tierra.

Después de tres horas de marcha llegamos por fin al lugar en el que pasaríamos la noche. Era un refugio de tres pisos, con techo a dos aguas, que estaba a mitad de camino de la cumbre. Su fachada de color rosado contrastaba notablemente con la gama de monótonos grises y blancos que se alzaban detrás de él. Estaba ubicado sobre un promontorio de roca en la ladera del cerro, justo por encima de la altura en la que abruptamente acababa el bosque y la vegetación se tornaba achaparrada y escasa, de manera que ofrecía una abierta vista panorámica. A partir de allí la montaña se imponía como un gigantesco macizo pelado. Desde la plataforma de cemento que precedía la entrada al refugio se podía apreciar el lago y los cerros de la comarca.

3.

Al día siguiente emprendimos el ascenso a la cumbre, después del almuerzo. El sol irradiaba un fuego despiadado que se reflejaba sobre las rocas. Denise capitalizó rápidamente ese escenario y sostuvo que hubiese sido mejor quedarse en el refugio imaginando la cima en lugar de ir a poner los pies sobre ella. El sendero ascendía en zigzag por un inmenso y empinado muro montañoso casi sin vegetación. Avanzamos trabajosamente por el rígido suelo pedregoso. Después de una hora arribamos a lo más alto del muro y observamos que aun nos encontrábamos lejos de la cima. Atravesamos un estrecho portezuelo entre grandes rocas y nos topamos con una hondonada circular protegida por un cerco rocoso y en cuyo interior había una pequeña laguna, formada por el derretimiento de las lenguas glaciares que desembocaban de los cañadones que la rodeaban. Era un oasis en medio de la montaña, un manantial encerrado entre barrancos de enceguecedora nieve virgen que se escabullía milenariamente. Después de saciar la sed nos sentamos a descansar. Denise me contó que anhelaba tener dos hijos, que era inflexible en cuanto al número y, de nuevo con su seriedad forzada, manifestó que si mi deseo llegara a coincidir cuantitativamente con el suyo podríamos sentarnos a negociar el asunto. Después me dijo que estaba extenuada y decida a abortar la travesía. Adivinando cuánto podría repercutir eso en mí, me acarició la frente y me pidió que no me demorara más de la cuenta. Retomé la marcha en soledad, avanzando por aquella desolación inclinada. Antes de perder de vista a Denise, la retraté en mi mente, esperándome allí, sentada en lo alto de una roca con las piernas cruzadas, leyendo los papeles que sacó de su bolsillo.

La pendiente era ahora mucho más tenue pero el viento empezaba a embestir con fuerza. Yo avanzaba a grandes saltos por ese inmenso desierto macizo sin sentir el dolor en mis piernas. Parecía que la cumbre se alejaba de mí a cada paso. El sendero se fue tornando cada vez más angosto hasta que me encontré caminando sobre el filo de la montaña. A ambos lados se desprendían dos lenguas de nieve que bajaban por las laderas, como gigantescos mantos de blanquísima seda. Más adelante me crucé con un grupo de unos veinticinco o treinta alumnos de secundario que regresaban de la cumbre con sus docentes haciendo un bullicio colosal y recordándome por unos instantes que no estaba solo en el mundo. Los dejé atrás y poco a poco el rumor se fue apagando a mis espaldas, hasta que la montaña recuperó su particular silencio revestido de viento.

4.

La pelada cumbre del cerro estaba curiosamente coronada por un pequeño banco redondo, como de mostrador de bar, con sus patas de hierro empotradas en el impenetrable suelo rocoso. Un majestuoso cóndor custodiaba la montaña planeando en círculos apenas unos metros por encima de mi cabeza, sus enormes alas negras parecían capaces de abrazar la inmensidad. Me senté en el banco y me dispuse a contemplar el horizonte, veía elevaciones hasta donde la curvatura de la Tierra me lo permitía. En lo bajo, la grandeza del lago se perdía entre los múltiples accidentes geográficos. La Patagonia andina desfilaba ante mi mirada atónita, miles de picos nevados parecían competir entre ellos por asomar en lo más alto. Repasé la última imagen de Denise, su belleza soberbia sentada sobre la roca. Intenté desmenuzarla, descifrar el enigma inherente de su ser. Denise era como la montaña: misteriosa, intimidante, pero si uno lograba estudiarla y escalarla con cuidado, se dejaba acariciar. Y al igual que la montaña, alternaba paisajes tan contrastantes como maravillosos: la armonía de Denise sólo era posible por su combinación de niña extrovertida y alocada –capaz de agarrarlo a uno del brazo y salir corriendo de una taberna sin pagar la cuenta– y mujer meditabunda y reservada, que sabía manejar el silencio como la más contundente de las palabras. Pensé en la muerte de su padre, eso que Denise había lanzado apenas nos conocimos pero que no había vuelto a mencionar. Le otorgué un rostro a ese hombre, lo homenajeé en mi mente, lo imaginé poesía. De pronto avizoré al cóndor posado en una piedra a escasos metros de mi posición. Inmóvil y rotundo, me miraba fijo con sus ojos graves.

5.

Durante el descenso me topé nuevamente con el grupo de alumnos. Estaban detenidos en el estrecho filo y los docentes evaluaban la posibilidad de utilizar la ladera cubierta de nieve a modo de atajo, deslizándose por ella. Al verme llegar, advirtieron que podían dirimir la cuestión instigándome a degustar aquel camino alternativo: si moría en el intento, ellos desistirían y retomarían el sendero convencional. Según se podía apreciar desde la posición en la que estábamos, a lo lejos el cañadón giraba a la izquierda y presumiblemente desembocaba en aquel oasis donde me aguardaba Denise. Procurando evitar toda elucubración matemática o física que me pudiera condicionar, me senté en el borde de la pasarela, estiré las piernas y me dejé caer por el tobogán natural. Mientras descendía como un rayo y recibía el aire frío en la cara, podía oír a los alumnos desde lo alto del filo coreando un cántico que habían improvisado para motivarme. Traspasé la curva y sentí alivio cuando divisé a Denise a la distancia. Ella me advirtió desde lo bajo y sonrió incrédula ante mi extravagante aparición, ante mi modo absurdo de regresar a su lado. Me obsequió una mirada luminosa que no le conocía y tuve la fugaz sensación de que mi sangre latió simultáneamente por todo mi cuerpo.

6.

Por la noche, después de cenar en el refugio, salimos a la plataforma y nos sentamos a fumar en un extremo, con los pies en el aire. El clima era agradable y abajo brillaban las luces de las estancias y del gran hotel. La luna resplandecía en el borde del cielo y se replicaba íntegra en el agua mansa del lago, propagando en todas las direcciones una esfera doble de luz celeste que abarcaba la profundidad de las montañas, la atmósfera lacustre y el rostro sereno de Denise.

―Hoy leí tu cuento mientras te esperaba, me dijo. Como para tenerte de algún modo.

Le hice un gesto con la palma de mi mano hacia arriba, invitándola a explayarse.

―Creo que tenés una ligera tendencia a confundir prosa con poesía.

―Es posible, afirmé. Tu tendencia en cambio es confundir entre la poesía y la vida misma, lo cual es mucho más peligroso.

Denise rió sin mirarme, mostraba un aire a la vez alegre y pensativo.

―Gael, quisiera que un día escribas un cuento en el que yo sea la protagonista.

―Dudo mucho que pueda lograrlo. Empiezo firmemente a sentir que no existe modo alguno de contarte.

Esta vez la risa se circunscribió al brillo de sus ojos. Permanecimos en silencio un largo rato. Luego me dijo:

―¿Te diste cuenta, zonzo? Esta noche hay dos lunas.

7.

Cuando me encontraba en la cumbre en absoluta soledad, experimenté la adrenalina incómoda de saber que no tendría derecho al cansancio, que al momento del regreso estaría obligado a caminar arduamente durante las horas que fuesen necesarias para resguardarme de los vientos helados que azotan por la noche. Esa tarde había pensado en lo cerca que me hallaba de la muerte, en que la voluntad del sol por mantenerse en el cielo era la estricta distancia que me separaba de ella. Había sentido la insignificancia de un hombre sentado en un banco en la cima de una montaña, el temor de que mi cuerpo se paralizara, que dejara de responder a mis órdenes y se desplomara silencioso en ese desierto inexpugnable en lo más alto de la mole rocosa. Sumergido en la caprichosa contundencia de la Tierra, no había bastado con la presencia de los chicos al regreso, recién me había considerado verdaderamente a salvo cuando me reencontré con Denise en la hondonada.

No volvimos a vernos después de aquel viaje. Supe que tuvo dos hijos antes de componer su último verso. Se concedió tan sólo tres décadas para teñir la vida con su poesía andante. Yo sólo tuve tiempo para escribir historias, disimulando con falsos nombres a esa muchacha impredecible. No pude evitar odiarla por su travesura final, por los niños huérfanos, por el mundo despojado de su magnitud. Pero sobre todo no pude evitar amarla, porque me enseñó la intensidad que puede caber en un día. A menudo pienso en la conversación en la plataforma del refugio, cuando estuvimos de acuerdo en que jamás podríamos contar lo de aquella noche porque había sido demasiado imposible. Del mismo modo que es imposible que cuando yo regrese al cerro, cuando descienda de la cumbre deslizándome por el manto de nieve del cañadón, Denise me esté esperando y sonría incrédula al verme aparecer de ese modo tan extravagante; y con aquella mirada inconfundible me vuelva a decir Gael, tengo que admitir que sos un negociador muy convincente, y yo de nuevo le responda no te ilusiones Denise, no voy a tener hijos porque quiero volar entre las montañas, como los cóndores. Y luego retornemos a la taberna a emborracharnos juntos, a rememorar el tiempo inverosímil y efímero que compartimos, pero después de todo el único que nos perteneció de veras. Y Denise insista en que esto tampoco debemos contarlo, como no contamos nunca que lo que vimos aquella noche no fue un mero reflejo en el agua, no fue un trillado espejismo de utopía, sino que verdaderamente había una segunda luna frente a nosotros, tangible y ardiente en la profundidad del lago.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
Licencia de Creative Commons