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Acaba de ser, hace tanto  
     
 

Era incapaz de registrar el momento en que le hablaron del viaje por primera vez. Forzaba su memoria hasta sentir que se le ensanchaba el cerebro, pero por más lejos que lograra llegar, siempre estaban presentes en su recuerdo los episodios que le narraban cuando era chico. De manera que no podía concebir la vida sin el viaje, era una historia que para Joaquín había nacido junto con él. Cuando lo mandaban a dormir, tío Pacho arrimaba una silla al costado de su cama y empezaba el relato. Contaba de memoria, lo cual a Joaquín le parecía conveniente porque le daba el derecho a interactuar, a indagar por las márgenes de la historia, y tío Pacho podía responderle libremente, sin el condicionamiento de lo que está escrito. Así pasaban las horas, para fastidio de los padres de Joaquín, que en rigor habían enviado al adulto con la misión de dormir al niño.

Cuando Joaquín cumplió los quince años, tío Pacho entendió que estaba en condiciones de leer el libro. Era la misma edad que tenía él cuando vivió a través de sus hojas la experiencia del viaje. Transmitirle esa pasión a Joaquín lo llenaba de un orgullo especial. Consideraba que esa era su verdadera misión: despertarlo en vez de dormirlo, elegirlo como el hijo que nunca tuvo para garantizar la permanencia del viaje a lo largo del tiempo. De modo que la misma noche del cumpleaños, mientras estaban sirviendo el café después de cenar, tío Pacho llamó a Joaquín a un costado con un gesto cómplice y le entregó el libro envuelto en papel madera.

Una vez que se hubieron retirado todos los invitados, Joaquín tomó el libro del viaje con entusiasmo, se dirigió a su habitación y se instaló en la cama. Observó brevemente el ejemplar en sus manos. La edición de Editorial Sandino era tan vetusta que parecía haber sido impresa antes de que hubieran ocurrido los acontecimientos que narraba. Lo abrió y en la primera hoja leyó: Este libro, que me pertenecía, ahora te pertenece. Para que también puedas realizar el viaje. Feliz cumpleaños. Pacho. Después hojeó el preámbulo, titulado «Introducción necesaria», pero le pareció que más necesario aún era apaciguar la ansiedad que tenía por conocer en primera persona esa historia que tanto conocía de boca de tío Pacho. Lo pasó de largo y comenzó con la lectura: Noviembre 7. Hoy comienza una nueva etapa. Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno.

Joaquín se quedó leyendo hasta entrada la madrugada. El libro, en el que un hombre peregrino llamado Ramón narraba la experiencia, había logrado atraparlo y conmoverlo. Conocía bien la historia, ¡pero cuánto más benigna era la versión que le contaba tío Pacho! Ramón relataba con crudeza el viaje por la selva profunda, describía las severas condiciones de vida, el hambre como una tragedia cotidiana que por lo general no encontraba soluciones cotidianas. Joaquín nunca había podido comprender cuál era la razón que motivaba a esas personas a hacer el viaje, a soportarlo de verdad. Tan distinto a la forma en que lo hacía él, acostado en una cama, del otro lado del libro.

Al día siguiente se levantó turbado. Pensó en llamar a tío Pacho pero se contuvo. No sabía si agradecerle o mandarlo al diablo, abrigaba una angustia que lo confundía. Por fin estaba cumpliendo el sueño de experimentar el viaje que tanto lo apasionaba, como si estuviese dentro de él. Pero no se parecía a lo que le habían contado, a como él deseaba que fuese: ahora había detalles que pesaban toneladas y cada minuto del viaje era como un minuto de la vida real. Esa tarde en la escuela lo azotó una fiebre intensa que lo obligó a pasar las horas en la enfermería. Joaquín lo adjudicó a que la noche anterior había llovido en la selva, antes de que él se quedase dormido con el libro en las manos.

Al regresar a su casa se dirigió raudamente a su habitación y en el delirio febril pensó que para sentirse mejor debía continuar con la lectura hasta que cesara la lluvia del otro lado. Cubrió su cama con dos frazadas, se metió dentro y retomó el viaje en donde lo había dejado. A medida que iba avanzando su agitación se acrecentaba, pero su fiebre acabó enseguida. El relato lo absorbió por completo y dejó de percibir el paso del tiempo. Resolvió que esa misma noche llegaría hasta el final; ya no podría interrumpir el viaje nuevamente. Estaba convencido que a pesar de la vorágine de ese escenario tan hostil en medio de la selva, Ramón se reservaba palabras entre líneas para dirigírselas a él, se tomaba un tiempo para explicarle por qué había elegido hacer el viaje. Y él empezaba a comprenderlo, a sentir como Ramón. Entendió que ese hombre era un hombre necesario y que el viaje que hacía era un viaje urgente. Eso era lo único que importaba después de todo, pero la revelación llegaba tarde. Joaquín estaba viviendo aquellos episodios como desde adentro, viajando junto a Ramón en tiempo real, pero era un espectador invisible sin la posibilidad de advertirle acerca del final de una historia que él ya conocía, una historia ocurrida muchos años atrás. Transitó las últimas páginas con desesperación, aferrándose al libro con fuerza para intentar en vano ingresar en el viaje más que simbólicamente y poder revertir los hechos, poder salvar la vida de Ramón.

Cuando se encontró con la hoja en blanco que anunciaba el final del libro como una bofetada, Joaquín rompió en un llanto desconsolado. Retrocedió hasta la última frase y con la mirada borrosa la releyó varias veces. El desenlace no había sido una sorpresa, conocía la historia desde siempre, pero no podía aceptar que el libro terminase así, tan súbitamente, con palabras que eran tan ingratas para con su propio autor, casi grotescas: la noticia parece diversionista. Se consideró un desgraciado por no haber podido anunciarle a Ramón que esas líneas serían sus últimas líneas, aunque más no sea para que escribiese algo hermoso antes de morir. Lleno de rabia, arrancó la página que contenía esa frase final, hizo un bollo y lo arrojó al suelo. Su llanto se extinguió en el mismo momento en que se quedó dormido.

Después de abrir los ojos, tardó unos segundos en darse cuenta que había despertado. Tenía la cara hinchada y la mente aturdida. Miró a su alrededor, distinguió el libro a un costado y estiró su brazo para alcanzarlo. La habitación estaba oscura casi por completo, apenas unas líneas de claridad se filtraban entre las tablas de madera desprolijamente colocadas para tapiar las ventanas. Le costó trabajo incorporarse y encontrar la salida, aun no reconocía el lugar en el que estaba. Al abrir la puerta recibió de lleno el sol del mediodía en la cara y giró instintivamente la cabeza. La sala se iluminó de golpe y pudo observarla en detalle: las paredes estaban resquebrajadas y el techo cubierto de manchas de humedad; el único objeto en toda la habitación era un pizarrón gastado, adherido a uno de los muros. Recién después notó el enorme charco de sangre en el suelo y observó las manchas rojas en su uniforme verde oliva. Salió de allí y caminó con dificultad por una calle de tierra. Estaba malherido y las múltiples lesiones le provocaban un dolor gélido. Se detuvo y abrió el libro, sabiendo que iba a encontrarse con todas las hojas en blanco. Se acordó de tío Pacho, de la dedicatoria. Le causó gracia no haber entendido antes en qué consistía el verdadero viaje, haber creído que lo estaba experimentando cuando tan sólo lo estaba leyendo. Esa misma noche empezaría a llenar las páginas vacías del diario de viaje: Noviembre 7. Hoy comienza una nueva etapa. Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Guardó el libro en su mochila y continuó la marcha. Antes de dejar atrás el pueblo e internarse nuevamente en la selva, contempló por última vez la escuela donde lo acababan de fusilar, tantos años atrás, y donde algún día enseñarían su historia.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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