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Nadie llamado Lisandro  
     
 

No es sencillo explicar por qué sabía yo tan detalladamente todo lo que iba a ocurrir aquel último día. Suena fácil decirlo ahora que ya estoy muerto –de algún modo, la planificación de un suicidio permite anticipar los hechos, pero esto, esto que se parece tanto y a la vez es tan distinto. En todo caso yo en verdad lo sabía, al menos desde el instante en que tomé la decisión. Había una única solución posible y estaba dispuesto a llevarla hasta el final. No podría ser de otra manera; de golpe la revelación y el guión perfecto, escrito en mi cabeza de un sólo tirón. Y ahora despertando otra vez esa mañana, la mañana de mi muerte despertando entre un extraño olor onírico y metálico que invadía la casa.

Me levanté despacio y me senté en la cama, algo desconcertado por el escaso reposo de la noche. Me dirigí al salón, encendí un cigarrillo y me detuve a contemplar el desastroso panorama (tan bello en realidad, tan necesario), todo estaba materializado, en el lugar correcto, certeza de que no había sido un sueño. En el centro de la mesa brillaba la botella de whisky vacía, que delataba unos cuantos dobles derramados en mi garganta. De pronto el sonido del teléfono me arrancó por un instante del letargo (la conversación fue breve, habían equivocado la llamada). Después de colgar sentí con mayor intensidad mi muerte, y pensé que bien podría ser un presagio anunciado por ese olor onírico y metálico que poco a poco iba encontrando agradable, quizá porque el olor metálico me evocaba el cuchillo y el olor onírico enmarcaba el ambiente perfecto para el final que se acercaba.

Con qué numero quiere hablar, pregunté. Era encantador, una vez asumido que iba a morir, poder regresar a la habitación y sentarme en la cama (inútilmente matrimonial) a fumar el cigarrillo. Notaba fascinado cómo las cortinas rojas recibiendo de lleno el sol de la mañana proyectaban en el ambiente una luz rojiza y pintaban el tabaco de un tono naranja intenso, obsequiándome un fulgor fluorescente, un paisaje celestial que se expandía más allá de mis dedos sosteniendo el filtro, creando un color hermoso, probablemente inexistente en cualquier otra parte del mundo que no fuera esa habitación en ese momento. Pensé entonces que todo ese escenario se parecía a la muerte, que cada cigarrillo muere en pocos minutos y otro se enciende un rato después, al igual que cada vez que un hombre se apaga otro estará naciendo.

El número es correcto –insistí–,  pero acá no vive nadie llamado Lisandro.

El olor a paraíso se propagaba en esa mañana que sería la última. Era fácil habituarse al olor metálico, al fin y al cabo brillaba punzante a lo lejos, se dibujaba en la mesa junto a la botella. En cambio el olor onírico comenzaba a impacientarme, como una provocación me sumergía a medias en la exquisitez de la tragedia inminente.

La Princesa, ingenua y amable, me respondió que lo mismo daba si había alguien llamado Julio. Lo mismo daba (risita amable e ingenua), pero realmente no vivía nadie llamado Lisandro. Al escuchar entonces mi pregunta (un giro inquietante en la conversación, un absurdo violento que humillaba a su simpatía), la Princesa seguramente pensó que me había vuelto loco (lo percibí en su silencio). Definitivamente supe que mi muerte era ya inevitable y ella lo supo del otro lado del teléfono.

Lo mismo da si hay alguien llamado Julio, enorme estupidez. No era lo mismo, no para ella. Sin embargo no iba a poder conversar con Lisandro, porque había sido una llamada equivocada. Esta vez había sido una llamada equivocada.

Como una enfermedad inminentemente terminal, la excitación se esparcía dentro de mí mientras el cigarrillo brillante y naranja se incendiaba tan amablemente en mis besos. No me precipité en fumarlo, lo consumí de a poco hasta extinguir su cada vez más fantástica fluorescencia. La orquesta formada por el humo danzante, los colores y la luz solar filtrada por las grandes cortinas rojas me impedían escapar y alejarme de aquella obsesión artística, de tanta euforia gritando en el alma, de aquel olor onírico y metálico que probablemente no existía pero que yo percibía cada vez con mayor fuerza. Qué importaba ya la calle o el mundo, esa casa albergaba toda la furia existente, era el Aleph de las pasiones, era la Princesa por fin empujando despacio la puerta de entrada que había quedado celosamente entornada (la escuchaba desde la cama e imaginaba la preocupación empañando su rostro perfecto). Sudando de ansiedad abandoné la habitación tan soberbia para embriagar mi mirada con su dulce presencia. El plan había funcionado, la Princesa había venido (no podía ser de otra manera) y yo moriría en la perfección absoluta y rojiza admirándola por última ocasión.

¿Viste un muerto alguna vez? Luego el silencio del otro lado –en un primer momento habrá pensado que estaba loco– y enseguida el torpe sonido que hacen los teléfonos al colgarse. Ella había comprendido el final de la historia y vendría aquí a ver un muerto. Seguramente lo intuía desde mucho tiempo atrás, jamás supe disimular mi obsesión cada vez que llamaba –siempre para hablar con Lisandro.

Cuando la Princesa apareció frente a mí, comencé observándola desde abajo hasta detenerme en sus ojos tristes. Pude comprender que ya no sería de nadie, pude comprender lo que haría después de mi muerte y ya nunca sería de nadie (en cierta forma, también eso había sido contemplado en el plan). Mientras fumaba un nuevo cigarrillo –que en el salón no recibía la luz rojiza que le daba ese hermoso fulgor a su brasa–, con la Princesa todo era mirada, todo era una mágica e incomprensible telepatía. Los dos conocíamos los acontecimientos de los próximos minutos, yo había escrito el guión y ella no hacía más que cumplir con el papel que le había otorgado.

Sin intercambiar palabras nos dirigimos hacia la habitación. Ambos sabíamos que moriría entre las luces y los trazos de aquel paraíso. La Princesa lloraba discretamente y cada una de sus lágrimas me obsequiaba un brillo celeste. Me sentí volando nuevamente en ese universo repleto de maravillas. Me acosté en medio de la cama boca arriba, mirando el techo que parecía el cielo, con los brazos extendidos como si estuviera levitando, crucificado en mi victoria. Satisfecho, pronuncié las últimas palabras: te lo dije, acá no vive nadie llamado Lisandro. La Princesa no tenía aire, desde su ahogo apenas balbuceó hijo de puta. Tenía sus pies manchados de sangre. Yo en cambio había llegado hasta la habitación esquivando cuidadosamente los charcos rojos, había decidido morir ensuciado en mi sangre y no en la de Lisandro. Era el final perfecto para mi obra maestra (no es sencillo explicar por qué sabía yo tan detalladamente todo lo que ocurriría, esto que se parece tanto a un suicidio pero a la vez es tan distinto); la Princesa que tanto supe amar sería mi verdugo sin lamento. Fue entonces cuando cerré los ojos para sentir el olor metálico de las miles de puñaladas feroces y el olor onírico que me sumergía en el éxtasis del triunfo acabado. Mientras tanto, entre mis labios, el último cigarrillo terminaba de apagarse.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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