relatos»  
Cuarto lleno de humo  
     
 

Lo más amargo de la cobardía es que no hay que esforzarse para merecerla

A veces a la noche es el problema. De día sabemos atenuarlo, pero a la noche ese deseo de lo imposible, ese sacudón de proyectos legendarios, ese querer ser deslumbrantes que se esfuma con la primera hora de la mañana y otra vez fue un sueño (pero si yo estaba despierto), otra vez fue un sueño que mejor no considerar porque no vale la pena.

Pero la noche vuelve pronto y así esos imposibles, que son genuinos como todo a la noche. Cómo evitarlo, qué estrategia planear para no regresar a esa maldita hermosa noche a la que el día –que  terminó su jornada laboral y ya no quiere hacerse cargo de nosotros– nos fuerza a ir, escupiéndonos a un cuarto lleno de humo renovándose porque cada tanto otro cigarrillo. Otra vez ese inframundo y otra vez nuestra otra mitad, esa que molesta sólo a la noche (el resto es silencio, duermen en la casa en el barrio en la ciudad).

Haríamos bien  en tornarnos más ficticios, en ser esos personajes imposibles. Inventar una nocturnidad de cuento que permita reparar la noche. Porque a veces a la noche es el problema. El deseo de engañarse (o tal vez el engaño es durante el día), de aprovechar cada hora de la madrugada para que mañana por fin, mañana todo el personaje que queremos ser, esa vida de héroe o antihéroe que tratamos de crear en un papel ahora plasmada en la calle, ahora personajes que cobramos vida y somos imposibles, tan románticos que imposibles, tan bohemios que imposibles, tan omnipotentes que imposibles.

A veces a la noche es el problema y tal vez es preferible sortearlo de la mejor manera porque no vale la pena. Para qué tratar de hacer esas maravillas que en el fondo no somos capaces de hacer. Por qué creerse especial si después de día y entonces fue sólo un sueño y esa mitad-personaje-de-cuento no sabe soportar el sol para lograrnos reales. Mejor entregarse al insomnio, mejor a la noche no poder dormir rompiéndose la cabeza con fantasías eternas; porque es ir a fondo o no es nada, algo intermedio sólo serviría para que el día nos juzgue, nos condene y nos arrepienta. Y para ir a fondo hay ese coraje de personaje de cuento que no tenemos, que no existe en nuestra realidad más que para aquellos que tienen las agallas que nos son tan ajenas.

Sería tan satisfactorio doblar una esquina y entrar en el cuento como si fuese otro barrio, alojar nuestra mitad fantástica de la noche en la otra que nos hace tan tristes, empapar cada palabra del día con pedazos del último sueño (aunque yo estaba despierto), para que no queden encerrados tantos infinitos en un cuarto lleno de humo. Es cierto, sería lo más precioso. Pero somos cobardes para eso.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
Licencia de Creative Commons