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El juego del conflicto  
     
 

Al principio, es como si la arena movediza comenzara a ceder ante los cuerpos que indiferentes reposan sobre ella. Los movimientos se multiplican y los cuerpos indefectiblemente se sumergen, entregados a esa maza enigmática que conquista cada vez más superficie de piel. El suceso se prolonga durante días y acaso meses. Dos entes que se ahogan lentamente entre infinitos puntos dorados y microscópicos. El éxtasis cubre por completo esos nuevos calores voluntarios.
Los miembros en la arena se mueven más lento. Dentro de la arena la oscuridad es total y el sentido es el tacto. Las manos palpan y envuelven, recorren las curvas con asombrosa suavidad. Las bocas lo besan todo e intercambian humedades. Los pies, simplemente toman la posición horizontal.
Los cuerpos se presentan y las palabras son reacciones de placer, son gemidos.

EL JUEGO DEL CONFLICTO

Las mesas de los bares suelen tener el tamaño justo para ella, para mí, y la primer cerveza que mediará en nuestro conflicto. El duelo se lleva a cabo en este tipo de establecimientos porque los involucrados somos adolescentes consolidados y amantes frágiles. El eje de la batalla es nuestro amor enfermo y los pormenores del tema a tratar son acordados la semana previa a la realización del evento, según las últimas peripecias acontecidas lo sugieran. El escenario es decidido el mismo día para evitar que alguno de los contrincantes pueda aventajar al otro por fuera del reglamento convenido.

Tras el sencillo brindis que oficia de ceremonia de apertura, no pasa mucho tiempo hasta que la primer cerveza (que en adelante llamaremos la PRIMERA, y así sucesivamente), pierde su última gota y se declara incompetente para resolver el problema. Enseguida se da lugar a una renovada SEGUNDA, que ocupará el espacio exacto que ocupaba la PRIMERA, a fin de aprovechar al máximo la limitada superficie de la mesa. La SEGUNDA profundiza el fracaso y no logra elaborar una conciliación que nos conforme a ambos, mientras que la TERCERA y la CUARTA no hacen más que endurecer nuestras posturas e incrementar nuestros caprichos. Por pura devoción a la competencia podemos llegar a herirnos de la peor manera.

Una noche tomada al azar, mientras mediaba la TERCERA:

●Postura A: Nuestro único constante es la intermitencia, nos amamos por rencor, nos odiamos por deseo. Tus besos son para que silencie los reproches, mis anhelos son los absurdos más coherentes, tus palabras son contundentes ataques sutiles. Si en ocasiones te miro fijo es porque no te puedo encontrar.

●Postura B: Cuando alcancemos el olvido ya no habremos sido, te devolveré tus lágrimas que he derramado, recogeré las mías cayendo por tu mejilla. Cesará de pronto la ficción que hemos perpetrado, regresaremos al día en que por vez primera nos cruzamos, pero ahora habrá tormenta y no nos cruzaremos. Habremos logrado transformar el pasado.

Así vamos agotando bares hasta tener que reincidirlos, y luego vamos agotando mesas hasta tener que reincidirlas. Del mismo modo que reincidimos una y otra vez en este juego que inventamos pero que no decidimos inventar. Los temas de debate se van sucediendo y las posturas siempre son antagónicas. Sin embargo, cuando la QUINTA o la SEXTA queda a cargo del problema, las partes arribamos a un entendimiento momentáneo para garantizar la continuidad de nuestra relación de amantes. Celebramos la reconciliación con un programa de salvaje sexo borracho y con promesas de amor eterno.

Al amanecer, naturalmente el ciclo vuelve a comenzar y se renueva (o no tanto) la temática de la próxima batalla. La contienda concluirá el día en que lleguemos a un acuerdo. Ya no habrá necesidad de dañarse e inevitablemente se derrumbará nuestro vínculo de amantes. Entonces las mesas de los bares tendrán un espacio vacío: sólo iremos a la cita la PRIMERA y yo.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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