paredón»  
  La escritura es un grito mudo y perpetuo  
     
 

Después de colgar su abrigo me preguntó ese "¿cómo estás?" que siempre, instintivamente, se responde con la palabra "bien". Yo en cambio, debido a mi costumbre de humor negro, o a la afición que tengo por las metáforas futboleras acerca de la vida misma o -fundamentalmente- porque soy hincha de River, sólo atiné a decir: "Ahí ando, en la B pero puntero."

 
     
     
 

Sólo faltó que una tormenta nos envuelva en la madrugada, que la lluvia nos recorra los labios mientras caminamos por las dormidas calles de San Telmo, buscando una cama en la cual reincidir –como impugnando el tiempo–, para que termine yo de convencerme de que esa noche fue tan sólo ficción que escribí en el aire. Sólo sobró su mano; cuando ya en la cama, cuando ya desnudos por la mañana tomó mi mano, trasladó mi rendida mano a su vientre deshabitado para que entibie nuestra savia languidecida, como pidiéndome desconfiar de que el onírico retoño haya sido tan sólo un desvarío literario.

 
     
     
 

Estudio elaborado a partir de los más rigurosos estándares científicos

El amor hacia una mujer no queda inexorablemente decretado cuando ésta supera con éxito la expeditiva evaluación inaugural a la que la sometemos visualmente –léase, no se restringe al terreno de lo frívolo y lo superficial. Sin embargo, la percepción inicial es sustancialmente más susceptible de estimular aquella inexplicable sensación de vértigo a que nos acostumbran. No sólo por la ubicación cronológica privilegiada del impacto visual, sino además por la esencia rígida, estricta y más o menos estática de lo físico, que coloca a esa primera impresión en un lugar predominante. En contraposición, el conjunto de atributos que componen la personalidad es fundamentalmente dinámico, inestable y posee un repertorio de matices mucho más extenso, lo cual limita su eficacia, nos impone una mayor flexibilidad de parámetros y nos imposibilita una rápida determinación afectiva. Además de que no nos importa demasiado, claro.

 
     
     
 

Cuando Macarena se fue de mi vida, dejé de tener aquel brazo que tras rodear mi cintura bajo las sábanas posaba mágicamente su mano en mi pecho y fijaba cada noche el sueño que habría de soñar. En cambio, pude poner el cuadro en la pared que yo quería.

 
     
     
 

Si una noche de lluvia
tu mano se posa
en el latido de mi pecho
verás que aun vivo

Yo sabré a mi vez
que estás a mi lado, compañera
y que tu mano elige
saber que estoy vivo

 
     
     
 

Que pena que al morir no podamos quedarnos siquiera un sólo día más para enterarnos lo maravilloso que fuimos.

 
     
     
 

Me propuse dar un vuelco radical a mi vida y comenzar a cuidar y promover mi salud. La primera medida inmediata que adopté para tal fin fue abandonar a la –hasta entonces– mujer de mi vida. En cambio, me llevó un buen tiempo desintoxicarme de su amor, debido a las profundas secuelas que me quedaron en la sangre tras tantos años de desenfrenado consumo. A su vez, logré dejar de fumar sin mayores contratiempos, reduje notablemente la ingesta de alcohol, y fui incrementando progresivamente la actividad física. Desde entonces me repugna el aroma del tabaco, bebo tan sólo una medida de tequila en las fechas patrias y planeo travesías en bicicleta. La abstinencia más difícil fue sin dudas la mujer de mi vida. Procuré evitar las tentaciones asistiendo únicamente a tertulias libres de esa clase de hábitos. El doctor se mostró sorprendido por lo soberbia que fue mi rehabilitación. Me dijo que había logrado erradicar todos mis sentimientos hacia ella y acto seguido me dio el alta. No puedo negar que ahora me siento saludable en cuerpo y alma. Sin embargo, hay tardes en las que salgo a caminar y pienso que si algún día mi amor pudiese volver a incomodarla, sería capaz de amarla como la primera vez. Es posible que tenga una recaída. Después de todo, no sería tan grave si me permito conservar tan sólo uno de mis mejores vicios.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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