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  Te vas a acordar de mí  
     
 

Un corpiño, un bóxer, unas calzas, un jean. La ropa estaba desparramada por el piso en la oscuridad del living. Cuatro zapatillas, como postas en el camino, y unas cuantas monedas que se habían caído del bolsillo del jean. Más allá, en la habitación, la cama de Victoria chirriaba a la par de los movimientos de Manuel, que estaba encima de ella.

Al percibir que su erección se aflojaba, Manuel la penetró con más fuerza, tres o cuatro veces, provocando que la cama se fuera corriendo ligeramente de lugar. Cuando no pudo más, se detuvo y se desplomó a un costado.

—¿Qué pasa, corazón? —dijo Victoria, mientras le acariciaba la frente empapada en sudor—. Está todo bien, chiquito. Relajate.

Manuel sintió que le hablaba como una prostituta a un debutante.

—Estás tenso, ¿qué pasa? —dijo de nuevo. Le sacó el preservativo que colgaba de su pene flácido y empezó a tocarlo, pero Manuel giró sobre sí, dándole la espalda. Victoria no insistió. Prendió el velador y un cigarrillo y se limitó a masajearle la nuca.

Un rato después, Manuel se levantó, recogió su ropa del piso y se fue vistiendo con la intención de volver a su casa.

—¡Ey, no seas ridículo! —exclamó Victoria— Es lo más normal del mundo.

—Lo normal es coger bien. No esto —contestó Manuel con apatía.

—No, no tenés idea —le dijo ella, mientras lo seguía de un lado a otro—. Sabés las veces que me pasó…

—No sé, y no me importa. A mí es la primera vez que me pasa.

Victoria no pudo contener la risa y Manuel, haciéndola a un lado, se dirigió hacia la puerta.

—¡No seas tonto! —lo abrazó para retenerlo, sin dejar de reír—. Ya sé que es la primera vez. Me río porque estás haciendo un mundo de una boludez. ¿Me ves mal a mí? ¡No! Me molesta más este capricho que estás haciendo —lo besó—. Quedate tranquilo que cogés bien, pendejo. Muy bien.

Manuel se dejó convencer. No dijo nada y conservó largo rato la tiesura en su cara, pero las palabras de Victoria lograron tranquilizarlo y pasó la noche con ella.

Cuando volvió a su casa al día siguiente, su madre estaba en la cocina, preparando un pastel de papas.

—¿Y? ¿Cómo la pasaron anoche?

—Bien —contestó Manuel.

—¿Salieron?

—No. Al final nos quedamos ahí, viendo unas películas.

Como cada vez que se encontraba con Victoria, para su madre había ido a dormir a lo de Javier, la única persona que sabía de su relación. Hacer circular la noticia como pólvora por toda la escuela era una tentación a la que nadie hubiese podido resistir. Pero Manuel, llegado el momento, sólo se lo había dicho a él.

¿Por qué? En parte, suponía, para evitar que llegase a oídos de Estefi.

Se lo contó una tarde, durante la clase de gimnasia.

—Uh, sí, ya se cual es —Javier estaba haciendo la vertical sobre una colchoneta y desde abajo, preguntó:

—¿Y te la garchaste?

—Sí —le contestó Manuel, y sintió un calor creciendo en sus mejillas.

En menos de un segundo, Javier estaba al derecho nuevamente, mirando a su amigo con entusiasmo.

—¡Sos un groso, papá! Un verdadero groso. ¿Qué edad tiene?

—Treinta y dos.

—No te puedo creer. ¿Cómo hiciste?

Manuel sonrió tímida y orgullosamente.

—¡No tengo idea! No hice nada en realidad. Fue ella.

—¿Y tu vieja sabe?

—No, no. Se pudre todo si se entera ¿te imaginás? Si no sabe que fumo, menos va a saber esto.

Su madre, con un enorme guante de cocina, sacó del horno el pastel de papas.

—¿Qué películas? —le preguntó. Puso la fuente en la mesada y la cubrió con un repasador.

—Ni idea, Má, no me acuerdo. Unas que enganchamos en el cable —le contestó Manuel mientras buscaba los platos para poner la mesa.

—Poné uno sólo —le indicó ella—. Yo no voy a comer, me encuentro con Victoria.

—¿Hoy? —inquirió Manuel, extrañado. Y estuvo a punto de agregar: “si no me dijo nada…”— Si hoy es domingo —agregó.

—Es que vamos a ir a la feria de San Telmo.

—¿Para qué?

—Quiero que haga fotos de las artesanías. Podés venir si querés, ¿querés?

Manuel dijo que no.

Al rato estaba almorzando solo en la mesa del living. Prendió la tele, estaban pasando una película. “No me dijo nada”, pensó, otra vez, mientras hundía el tenedor de costado en el pastel de papas. En el borde de la mesa, contra la pared, estaban apilados los apuntes. Ese era su lugar definitivo desde que su madre daba clases particulares de fotografía. A Victoria le tocaba los jueves y, ahora, los jueves, se habían convertido para Manuel en el día menos esperado.

Victoria entendía que la mejor forma de disimular la relación que tenían era ignorando por completo al hijo de la fotógrafa cada vez que iba a su casa. Para el hijo de la fotógrafa, en cambio, esa ponderada indiferencia no haría otra cosa que despertar las sospechas de su madre.

—¿Qué querés que haga? —se defendía Victoria—. Si te miro voy a tener ganas de estrujarte todo. Y se me notaría en los labios, porque me los mordería así —y se mordió el labio inferior—. No te preocupes que a la profe Liliana nunca se le cruzaría semejante idea por la cabeza.

—Mi vieja no es ninguna boluda, se da cuenta de todo —se alteró Manuel—. No deja escapar nada, tiene ojo de fotógrafa. Si ve que de un jueves para otro me tratás así…

—¿Así cómo? —lo interpeló Victoria.

—Como si me odiaras.

—No exageres, chiquito —le dijo ella con displicencia—. Además, yo tampoco soy ninguna boluda. Si tu vieja sospechara algo me hubiese dado cuenta. No compliques las cosas —agregó—, es sólo una hora a la semana. El resto del tiempo no tenemos que disimular nada.

 

Edward, un joven de cautivante sonrisa, paseaba su carisma por un mundo estrambótico. Era una de esas películas que regalan un parnaso de frases destinadas a quedar en la memoria de los soñadores y los vulnerables. La historia, narrada retrospectivamente por su protagonista mientras espera el final de su vida, incluía un gigante entrañable, un hombre lobo que como hombre dirigía un circo, y un poeta que desde hacía años trabajaba en una misma poesía, de la que sólo tenía los dos versos iniciales.

Pero lo peor de esos jueves lúgubres en los que Victoria iba a su casa, era cuando Manuel llevaba varios días sin noticias de ella, cuando no sabía si había decidido borrarlo para siempre del resto de los días que no fueran jueves.

Mientras duraba la clase, él merodeaba en busca de un gesto: iba de su pieza al baño, del baño a la cocina, de la cocina a ninguna parte y de vuelta al baño.

Y nada.

En el universo fantástico que emanaba del televisor, nada parecía imposible. El tipo había conquistado a la única mujer que se había propuesto conquistar en la vida, llenando su jardín de flores y recibiendo alegremente una golpiza de su novio. Ese momento fue el que más profundo caló en Manuel, el que le resultó más inverosímil y estimulante.

—No se te ocurra joderla con eso que te va mandar al carajo —le había dicho Javier cuando le contó sobre las ocasiones en que Victoria lo abandonaba por varios días—. A esa edad estás ocupado todo el tiempo, es así. No está al pedo como nosotros.

—Pero no le cuesta nada mandarme un mensaje, o atenderme cuando la llamo. Aunque sea una vez.

Estaban en la clase de gimnasia, trotando alrededor del patio.

—No entiendo. A veces pienso que anda con alguien.

Javier lanzó una carcajada que lo hizo toser y detenerse. Jadeando, puso las manos sobre las rodillas. Cuando tuvo un poco de aire, levantó la vista hacia Manuel, que se había frenado unos metros delante de él y lo miraba fijo:

—Más bien que anda con alguien. No están de novios, boludo. La pasan bien y listo. ¿O me vas a decir que estás enamorado? Dejáte de joder, disfrutala. ¿Sabés lo que daría cualquiera por estar en tu lugar? Vos sos como su frutilla del postre.

Después, con el rostro severo, tomó a Manuel de los hombros.

—Vos tenés que hacer lo mismo. Estar con otras minas. ¿Qué pasó con Estefi, no se vieron más? Si querés la puedo tantear en el recreo, para ver qué onda.

El gran pez, se llamaba la película. Supo el nombre recién al final, cuando pasaban los créditos. Apagó la tele y sintió que algo había cambiado. No, Victoria no salía con nadie más. Javier no tenía idea de nada. Era él el que se había levantado una mina de treinta, no Javier. Era él el especial. Como el tipo de la película.

Se dio una ducha que lo renovó como a una flor al escampar. En su cuarto, se contempló un rato en el espejo, desnudo. Sí, podía. Ya sabía cómo: lo que tenía que hacer era no rendirse cuando sólo quedaba rendirse, como el tipo de la película. ¿Edward era? El iluso que insiste cuando el barco ya ha zarpado. Se miró de nuevo en el espejo y se dio cuenta que tenía una erección. Sacó una regla de su cartuchera y, hundiéndola sobre la base de su pene, lo midió: dieciséis coma seis.

Su madre volvió cuando caía la tarde; Manuel estaba en la cocina, lavando el plato.

—A estos hippies se les subió el turismo a la cabeza. Te quieren cobrar para dejarte sacar una foto, están en pedo.

Manuel le dijo que se iba a lo de Javier.

—Pero mirá que mañana es lunes, eh.

—Sí, ya se. Voy a la escuela con él, desde su casa. Me tiene que explicar unas cosas de matemáticas.

Terminó de lavar y se metió en su cuarto. Cerró la puerta, se tiró en la cama y llamó a Victoria.

—Pero mañana es lunes, tengo que trabajar. Y vos tenés que ir a la escuela, colegial.

—No importa, nos acostamos temprano.

—No sé, Manu. Hoy anduve todo el día de acá para allá. Estoy cansada.

—¿Por qué, qué hiciste?

—Fui a San Telmo a sacar fotos. Con tu vieja ¿no te dijo?

—No, ni idea, no la vi. ¿Es por lo de ayer?

—¿Las fotos?

—No. Que no querés que vaya.

—¡Ah! —exclamó Victoria y lanzó una carcajada—. Ni me acordaba, ¿ves que sos un pendejo? Bueno, dale, venite. Traeme un chocolate.

Cuando Victoria le abrió la puerta del edificio, Manuel traía un chocolate en una mano y un ramo de fresias blancas en la otra. Victoria sonrió y lo metió para adentro a los apurones. “Dale, que nos pueden ver”, le dijo. Mientras subían por el ascensor se abrazaron y besaron. Las flores, que habían quedado entre sus cuerpos, se aplastaron un poco. En un momento Victoria detuvo el ascensor, apagó la luz y se puso a pellizcar a Manuel en la oscuridad.

—Dale, no seas pendeja —dijo él; prendió la luz y volvió a apretar el piso.

De pronto se dio cuenta que llamarla así, pendeja, lo había excitado. Lo había hecho sentirse a la par suya.

Sentados en el sofá alisaron las fresias y Victoria las puso en una jarra con agua. Tomaron una cerveza y fumaron un porro mientras escuchaban jazz. Hicieron el amor todavía bajo los efectos de la marihuana en el cuerpo. Esta vez la ropa no estaba desperdigada por toda la casa; cada uno había ido desvistiendo al otro entre las sábanas, sin prisa.

La primera vez que Manuel estuvo en esa cama fue un viernes a la tarde, en horario de escuela. Fue un día después de que Victoria aprovechara que la fotógrafa se había demorado y encarara y besara a su hijo en la cocina, haciéndole temblar las piernas. Manuel, sin embargo, no debutó con ella. Tuvo sexo por primera vez con una prostituta. Y luego con Estefi, varias veces.

En la cama, después del sexo, Victoria comía el chocolate y Manuel fumaba con el cenicero en la mano.

—¿Qué fue? ¿Cómo a la cuarta clase, no?

Los dos estaban boca arriba, mirando el techo.

—La sexta —contestó Victoria—. No hubiese aguantado una más sin comerme a este bombón.

—¿Y por qué, qué me viste?

—¿Que qué te vi? No sé. Todo. Tus mejillas, suaves como el culito de un bebé. ¡Tu sonrisa! Me gusta que cuando sonreís, enseguida te acordás que estás sonriendo y cerrás la boca. Porque te da vergüenza ¿no? Sí, te da vergüenza tu sonrisa, se nota… ¿Pero sabés lo que más me gusta? Esa cara de malcriado que tenés —le agarró la cabeza y, como a un trofeo, lo besó en la frente—. Sos hermoso, pendejo ¿no te das cuenta?

De un salto, Victoria se puso de pie y apareció con la cámara de fotos.

—Posá para mí, corazón —le pidió—. Hoy vamos a ver si aprendí lo que me enseñó la profe Liliana. La profundidad de campo es inversamente proporcional a la apertura del diafragma —recitó—. A ver, balance de blancos: incandescente. ¡Listo!

Manuel giró la cara y estiró la mano para taparse. Apagó el cigarrillo por la mitad y agarró su celular de la mesa de luz. Victoria se movía para eludir su brazo y gatillaba la cámara una y otra vez. “Así, así. Muy bien”, lo chicaneaba.

En el celular había un mensaje de Javier: “Urgente: sos un pelotudo. Llamó tu vieja porque tenías el celular apagado. Me tenés que avisar cuando decís que venís acá. Le dije que estabas en lo de Estefi. Llamala, está re caliente”.

Manuel releyó el mensaje y apagó el celular. Victoria, desnuda al pie de la cama, esperaba que levante la vista para sacarle una foto.

Manuel levantó la vista.

—¡Ahí te agarré!

—Mirá que si te encuentran esas fotos vas en cana.

—¡Vamos, Adonis! Menos palabras y más acción. Y no se me ponga nervioso que después no se le para.

—Dale, vení, no seas pendeja.

—Epa, epa. No se me haga el atrevido, muchachito. Más respeto por los mayores.

Con un movimiento rápido, Manuel se estiró y la atrapó por la cintura; se dejó caer de espaldas a la cama, arrastrándola consigo, y puso la cámara en la mesa de luz. Con el peso de su cuerpo, la inmovilizó, boca arriba, atenazándole las muñecas contra el colchón.

—¿Eso sólo? ¿No me querés? —le dijo mientras le besaba el cuello—. ¿Soy tu juguete nada más?

—No seas tonto, claro que sos mi juguete. Pero también te quiero.

—¿Estás enamorada?

—Esas son cosas que no se preguntan —suspiró Victoria—. Yo también me meto en cada una…

Lanzó un gemido. Manuel bajó por su panza y se detuvo en su vagina. Victoria se aferró a su pelo como a las crines de un caballo y cerró los ojos.

—La gente como yo no se enamora. Ya me enamoré lo suficiente.

Siguió por las piernas hasta llegar a sus pies, que estaban fríos, y se los besó también. Podía oír la respiración en la nariz de Victoria, que se hacía cada vez más intensa.

—Todavía sos muy chico, Manu… para enamorarte. Cuando te pase te vas a dar cuenta… Y te vas a acordar de mí.

Manuel empezó a hacerle el amor. Ya era de madrugada, en unas horas estaría en la escuela. Observó a Victoria como en una fotografía: oprimía los párpados y sus labios vibraban. Su pelo esparcido sobre la almohada le daba el aspecto de un león indómito. Podría haber sido una foto perfecta, pero desde los ojos de Manuel se veía empañada, fuera de foco.

—El forro —balbució ella en un momento—. No te olvides del forro.

Manuel la agarró del mentón y le metió la lengua en la boca. Cuando cerró los ojos, en su cabeza apareció una de las frases de la película: el pez más grande del río es así porque no se deja pescar.

Y pensó en Estefi: hoy iría a hablarle.

 
     
   
 
 
La ciudad de los anónimos - Daniel Domergue - danieldomergue@hotmail.com
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